Diario de León
Los profesores de la enseñanza no universitaria de la comunidad de Madrid, en huelga educativa indefinida.

Los profesores de la enseñanza no universitaria de la comunidad de Madrid, en huelga educativa indefinida.SERGIO PÉREZ

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La contemplación de cualquier clase de violencia pone mal cuerpo, pero la contemplación de la que eventualmente ejercen sin motivo o sin mesura aquellos a los que la sociedad ha comisionado para combatir la violencia, precisamente, lo enferma. La brutalidad policial, corriente en las dictaduras y en los regímenes que llevan camino de serlo, no solo es inaceptable, lógicamente, por el mal cuerpo que deja a quien la contempla -y no digamos al que la recibe-, sino porque contribuye más de lo que parecería al colapso de uno de los pilares de la democracia: el del exquisito respeto del Estado al individuo, a su integridad y a sus derechos.

En los últimos días, manifestantes madrileños han sufrido la violencia de unas fuerzas policiales fuera de control, y la circunstancia de que esos manifestantes eran estudiantes y profesores reclamando pacíficamente la preservación y mejora del mayor bien social, la educación pública, otorga a esos sucesos un terrible carácter simbólico: la fuerza bruta ensañándose con la civilidad, el furor contra la inteligencia. Las imágenes de policías pertrechados con toda clase de elementos defensivos y ofensivos apaleando enloquecidamente, en el interior de la Universidad Complutense, a los chicos y chicas que se manifestaban sin más arma ni protección que la pancarta que blandían, repugnan, como también las agresiones sin venir a cuento a los profesores que pretendían expresar a Ayuso el malestar académico por su nefasta política educativa.

¿Alguien ordenó a esos agentes producirse de esa manera vil y desatentada? ¿Se pusieron a pegar así, salvajemente, por su cuenta? Se supone que esos uniformados tienen unos jefes, y, sobre ellos, un delegado del Gobierno y un ministro del Interior, y que actúan según las órdenes que en cascada jerárquica reciben de ellos. De los jefes policiales responsables de esos dispositivos nada se sabe; del delegado del Gobierno, el anuncio de apertura de una investigación sobre los hechos de la que tampoco se sabe nada, y el ministro Marlaska, como siempre, mutis. Así, el mal cuerpo empeora y la democracia también, mucho.

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