Oye, saqueador

Te aburrías en casa, dices, cuando viste mensajes en TikTok redirigidos después a grupos de Telegram y WhatsApp llamando a concentrarse en los alrededores de la plaza de Catalunya; el elma, «Instituts Indignats»; las instrucciones: vestir ropa oscura y con la cara tapada. Y allí te enganchaste al asalto con los setecientos que habían acudido. No tenía nada que ver la cosa con la acampada que en esta plaza reivindica desde hace días el derecho a la vivienda. Ni siquiera con la rebeldía estudiantil francesa, aunque el lema que te llamó a filas no podía ser más pedero y copiota fusilando el del movimiento francés bautizado con un «Lycées indignés». Lo de institutos indignados era burda tapadera para apuntarse al bulto de una correría saqueadora, verdadera y única razón de quienes idearon la movida. Comenzaba a caer la tarde. La oscuridad ampara siempre y el anonimato seguro entre tanto gato pardo estaba dado. Empezaste la cosa quemando unos cuantos contenedores y echando a la hoguera motos y muebles de terraza que pillaste a mano. El grito cundía. A por ellos (¿quienes?). Al abordaje (¿de qué poder?). Al malaje (mala cara trae el mosso). Al pillaje (esta es la mía, te dijiste cuando los más abencerrajes rompían escaparates de tiendas caras). Y no parpadeaste en sumarte al saqueo, a desvalijarles el lujo a los burgueses como absolviéndote así de la pura ratería en la que te has pringao, salao, muy pringao, licencia facilota y cobarde para la rapiña, el asalto ladrón y la rebatiña loca de llevarse por la puta cara teléfonos, relojes, perfumes... (¿ves para qué sirve llevar siempre una mochilita en bandolera?, le dijiste a un compinche que iba a corpo gentile). Lo que no imaginaste en tu eufórica huida ratera fue que te echaran el guante los mossos en una calle lateral y engrosaras la cuerda de 128 detenidos de los que 70 eran menores de edad, tú entre estos con tus 16, gilipollas. Ibas cargadito y cargados te vendrán los cargos de la Fiscalía de Menores. La lástima, tu déficit, es que no tengas un padre como el que una vez me advirtió: «Si algún día vienen diciéndome que has robado por robar, te pego un tiro». No hay peor indignidad.