Diario de León
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su mujer, Begoña Gómez, en un acto de precampaña del PSOE en Fuenlabrada.

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A veces, me pregunto qué tal se me habría dado la política activa… y concluyo que el puntapié me lo habrían dado los míos: «!Más nivel, Isabel, eso de chao pescado es una chorrada!»… «Pedro, tu moreno de quita y pon crea confusión en el electorado»… No me aceptarían estos, ni aquellos y tampoco los de más allá. Para el liderazgo político ejercicio hay que tener punto faltoso, y a mí me marea la sangre, incluida la verbal. Me pasaría el día asesorando al compañero o a la compañera: «Más zen, mucho más zen». Me echarían por brasas. Y no es que uno carezca de oratoria ocurrente, pero tengo mi dignidad. «Por tu tía, Santiago, ponte trajes de tu talla, que cualquier día sale a propulsión a chorro», «No fotis, Gabriel, no hables con las manos en los bolsillos…» Así con casi todos y con casi todas. No, no me veo en el gremio de la mascletá verbal. Uno no ha estudiado para decir «hasta luego, solomillo», aunque dé votos. Y mucho me temo que lo peor está aún por llegar. A algunos y algunas, a derecha e izquierda, parece que les escriben los discursos Jack el Destripador. La mayoría de los políticos no son faltosos, pero luego está la directriz… entonces ya… que le den al zen.

El otro día, escuché en una emisora a su locutor estrella preguntarse con vileza si Pedro conoció a Begoña en «un prostíbulo o en una sauna». Vil incluso si fuese verdad. Y en la televisión pública, demonizar en los magazines a la derecha es la arbitrariedad de la casa. Odio. Desprecio. Injuria. En algunas tertulias tendrían que invitar al mudo de los hermanos Marx.

Esto nuestro cada vez se parece menos a una democracia basada en el diálogo entre contrarios, y más a una guerra en la que se hubiese acabado las bombas, pero estuviesen ya en camino. Por supuesto, un intercambio de sarcasmos ameniza unas elecciones, pero aquí no estoy denunciado eso. No, no vivimos una edad de oro, pero este sigue estando en nosotros, en el corazón humano colectivo. Cuando Frodo lamenta: «Ojalá que esto no hubiera pasado en mis días». Gandalf le responde, con sabiduría y misericordia: (…) Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado». Hay tanto que hacer, tanto que dar… tanto que amar. Y el tiempo se acaba.

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