Diario de León
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sale a recibir al presidente de Palestina, Mahmoud Abbas, el miércoles en el Palacio de la Moncloa en Madrid

 EFE/ Borja Sánchez-Trillo

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El hombre de Estado es un jugador de club. De Maquiavelo a Koke no hay más evolución que la que va de un príncipe, primero entre los ciudadanos, a un presidente que viaja en Falcon. No existe abismo entre ellos: lo mismo valen para un roto que para un descosido. Es una tragedia usar la fuerza en vez de la buena ley, pero, en determinadas circunstancias, no queda más remedio que cortar un contraataque con una patada en la espinilla. El gol justifica los medios.

Durante un tiempo, el volante tapón del gobierno, el recuperador de pelotas, que no constructor del juego, fue un tipo aguerrido y tosco como José Luis Ábalos, que llevaba a un macarra como utillero para amenazar a los alcaldes díscolos. O pasaba el tío o pasaba el balón: nunca los dos. Pero no había fluidez ni se iba más allá del campo propio. Luego contrataron a un medio centro creativo al que le dieron la manija del equipo y que les salió algo chupón. Pese a llevar el apellido de un histórico argentino y madridista, Redondo, lo dimitieron. Saltó desde el banquillo uno más gris y cumplidor, Óscar López, el típico hombre formado en la cantera, aunque sin ninguna liga ganada en su currículo. Más que la prolongación del entrenador en el verde, ejerció de la voz de su amo. Le sustituyó un historiador: el hombre de Estado había vuelto como todocampista, obligado por la oposición de siempre y esa otra de la que él mismo se había rodeado, sentándola en el consejo de ministros.

Ya se ha dicho más de una vez que el fútbol es como la vida, pero resulta que también es como la política. O la política como el fútbol. En ese encuentro que se juega en los medios de comunicación, con el final de la legislatura se busca el penalti a favor en el último minuto. Aunque no sea justo: ganar es el objetivo. Y se procura el refresco: el que sale puede que sea mejor, pero el que entra ofrece más capacidad de trabajo porque ha estado mascando pipas en el banquillo. Y, a veces, sólo se le pone para cortar el juego ajeno, repartiendo leña. En los minutos basura que se aproximan vamos a contemplar algo bastante raro: al entrenador-jugador, una figura ya casi desaparecida del fútbol moderno.

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