Diario de León
Publicado por
Miryam Hernández Valverde
León

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Hace cuatro años una nevada salvaje partió en dos uno de los cedros más hermosos del Jardín del Cid. El muñón que queda me recuerda, cada vez que lo veo, las montañas de nieve en las calles de León, los resbalones, la sal, el frío y el hielo que durante muchos días llenaron la ciudad de invierno verdadero. Ese árbol pereció por lo que podríamos llamar un accidente metereológico imprevisible. Hoy sin embargo he visto caer otro cedro, vecino del anterior, y no por la acumulación de nieve, no. Este ha muerto por la acumulación de piedras históricas sobre sus ramas… O por lo que viene a ser lo mismo: sucumbió ante el peso de la historia. Hará casi medio siglo fue plantado en las proximidades del descarnado resto de muralla que se alza en la c/ Ruiz de Salazar, y con el tiempo formó parte del bosque urbano del Cid. León no anda muy sobrada de jardines con árboles de porte y en especial dentro del casco histórico, por lo que todos los ejemplares de este parque deberían de ser tratados con una sensibilidad extrema. Cuando se empezaron en primavera las obras de consolidación de la muralla temí por los tres cedros vecinos, conociendo cómo el factor de proximidad de un árbol a cualquier monumento suele jugar en su contra –véase el reciente caso de los enormes chopos del Monasterio de Sandoval-. Al avanzar los trabajos y comprobar cómo los tres seguían en su sitio, francamente me ilusioné: ¡Por fin es posible la convivencia árbol-monumento!. En agosto se cortó el primer cedro, el que estaba más próximo a la trasera del Museo de León. Hoy, cayó el segundo. Queda uno. Los cantos rodados de la muralla pesan una barbaridad.

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