viernes 14/8/20

Y París volvió a brillar

Huele a pólvora entre una nube de caos silencioso. Los cristales, hechos añicos, se esparcen por el suelo del restaurante. Es imposible no temblar. Los ojos, cerrados, se esmeran por distraer al cerebro en una intentonta de engaño ante el temor, pero ya van más de diez segundos sin el petardeo mecánico de la kalashnikov y Gregory decide abandonar la barra de su bar reconvertida en búnker para buscar a su mujer. Con su atrevimiento, más rostros fantasmagóricos se incorporan y, apartando las sillas y las mesas a un lado, van comprendiendo... Ahora finaliza el «mute». Alaridos de dolor de quienes aún respiran se cruzan con los gritos de auxilio de los que pudieron resguardarse de las balas, todo bajo un tono rojo carmín que viste el suelo de la calle. Las sirenas de los bomberos ponen la guinda musical y, en medio de todo ese escenario de guerra, Gregory está sentado junto a su esposa. Ella no puede sentir el calor de sus manos. Él recuerda, en una lágrima infinita, el significado de la felicidad, mientras experimenta el dolor más amargo de su vida. La belle equipe es el nombre del negocio que regenta y que aquella noche fue el decorado, como todo París, de una película de terror protagonizada por unos dementes cuya obsesión religiosa dejó 130 víctimas mortales.

En estos días de reflexión me paré a ver un documental sobre los atentados del 13 de noviembre de 2015, que tienen muchos héroes anónimos y un nombre propio: Bataclán. Casualmente, ayer se anunciaba la instrucción del caso tras cuatro años y medio. Una veintena de personas están imputadas, a falta de los siete terroristas que si no se inmolaron fueron abatidos a tiros. Al finalizar y digerir las más de tres horas de pánico visual generado por los hermanos Naudet, el alma al suelo y el corazón a la cabeza... Es increíble la fortaleza, la dignidad y la humanidad con la que los parisinos hicieron frente a aquella masacre. Fue ejemplar su actitud ante una situación límite como la que padecieron esa noche, en la que la población quedó marcada para siempre. Pero lo más grande y memorable es que, tras el indomable dolor y el miedo infundido, fueron capaces de levantarse. El domingo siguiente los ciudadanos franceses volvieron a las calles, y París volvió a brillar para homenajear a los caídos y decir fuerte y claro: «No nos asustaréis».

Los acontecimientos desafortunados condicionan al ser humano. Ha de tener claro que, cuando pase todo este calvario, la situación puede tornarse gravísima. Sin embargo, le animo a aferrarse a la capacidad innata, y de supervivencia, de no dejarse doblegar. Apriete el puño y demuestre con coraje y valentía que saldremos adelante, con el mismo altruismo que el emotivo aplauso que noche tras noche retumba por León y España diciéndole al vecino que sí, que esta sociedad sabe y puede ser solidaria. Juntos podremos.

Y París volvió a brillar
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