TRIBUNA
Del amor a los humanos... y a las mascotas
De las mascotas animales se irá pasando a los robots inteligentes y humanizados, más seguros y duraderos, con una carta de ofertas amplia, incluso para satisfacer la demanda más exigente del humano

médico psiquiatrajubilado
«Cuanto más conozco a las personas más quiero a mi perro» (Lord Byron).
¿Amor a las mascotas? ¿Temor o decepción hacia las personas? ¿Preferencia egoísta, simplemente? Las respuestas, incluso las tres juntas pueden ser ciertas y darse al mismo tiempo. Hablemos del tema, tan extendido y de actualidad. El ser humano es un ser bastante frágil, nace totalmente dependiente y necesitando ayuda para casi todo. Su cerebro registra, guarda y dispone a su manera cuanto acaece en su entorno. Diferencia el frio del calor, el dolor del bienestar, la seguridad del miedo, la riqueza del amor, de la carencia o pobreza del mismo, la confianza en el otro, de la decepción del semejante. Todo en ciernes, claro está, y tratando en su cerebro de digerir, superar, protestar o agradecer, según, los vaivenes y el azar de las experiencias positivas o negativas que le toque vivir.Pasa el tiempo y llega un momento de mayor autonomía y capacidad para explorar y comunicarse con el mundo con mayor despliegue. Detengámonos en la elección del llamado, en términos técnicos, objeto «transicional», es decir aquel que elige para poner en marcha su dinámica intrapsíquica con el otro. Se dice que la elección la hace con referencia al vínculo madre-hijo, incluida la frustración del destete. Yo creo que es con el mundo (por mucho que se insista en que todo el mundo es su madre para él). El niño se adhiere pronto, escoge un muñeco de forma humana o animal, o incluso un objeto aparentemente neutro como una manta, por ejemplo. Trata de entender el mundo que le rodea y a la vez de manifestar sus deseos, miedos, tendencias, impulsos amorosos y agresivos etc., tanto los propias como los supuestos de los «personajes» elegidos. Juega (aprendizaje) a conocer y a conocerse. Observemos los «soliloquios coloquiales» con el muñeco, las caricias y abrazos, los cuidados o los castigos siguiendo el guion íntimo de sus pulsiones. Lo que permanece inalterable como objetivo esencial es el poder, el control del muñeco, la seguridad de ser él quien tiene el poder sobre el otro. ¿Es una forma de protegerse del «infierno» sartriano del otro?Ahora observemos la dinámica del dueño y «su» mascota. El principio de propiedad y, por tanto, el derecho de pertenencia no se pone en tela de juicio. La mascota pertenece al dueño que la ha elegido. Los «derechos» de la mascota y las obligaciones de su dueño hacia ella son otra cosa. Lo que salta a la vista de forma clara es que es el dueño quien elige a la mascota. El por qué la elige es un mundo. Puede parecer simple: necesidad de compañía, protección del otro, deseo de amar y ser amado, necesidad de demostrar (se) quién tiene el poder sobre el otro, identificación con la mascota (es constatable, por ejemplo, el «parecido» entre no pocos perros y sus amos…) etc. Si escojo al perro como mascota es porque cuantitativamente y «vistosamente» es la más frecuente en nuestra sociedad, que ha desplegado, ha puesto en marcha un mimetismo enternecedor y, a veces, un tanto bobalicón con él. Hay perros mucho más inteligentes que sus amos, los cuales se proyectan en ellos buscando cualidades que a ellos les faltan. Imagino que hay perros que, «para sus adentros y sin que se note», se descojonan de la risa que les producen la cantidad de carantoñas y monólogos dulzones que les dedican sus amos sin ton ni son para él, y ya no digamos cuando recogen «religiosamente» la mierda que ellos evacúan donde y cuando les place. Pero el perro, inteligentemente, no dice ni guau. Disculpen el deslizamiento irónico-humorístico. Está visto que la frase inicial de este artículo encierra, en primer lugar, una decepción profunda con las personas y, en segundo lugar, un refugio, un ensalzamiento hacia su perro (y a veces a tres o cuatro a la vez, no sé si por ansiedad, amor a chorros o inseguridad), símbolo de la fidelidad, afecto, entrega, etc. Lo que pone de manifiesto esa dinámica derivada de la frustración y desencanto y la búsqueda de lo seguro, es que el hombre prefiere a otro ser distinto al de su especie. Es más, la mascota sustituye en muchas ocasiones al niño, al hijo. Yo creo que, al margen de la comodidad, egoísmo o miedo que pueden estar presentes en ese proceso, lo que pretende el hombre moderno es que su vida no sea una frustración posible, un desencanto, justo ahora que estamos a las puertas de un futuro «luminoso», de una realidad virtual, preludio de la que se anuncia por la inteligencia artificial avanzada, infinitamente mejor que la triste y penosa realidad de siempre, la cual, para remate, termina, sin remedio, en la muerte.De esa realidad futura, tan atractiva y esperanzadora, escogemos, a modo de ensayo, los inventos y «cacharros» que son la avanzadilla de lo que está por llegar sin tardanza. Poco a poco, el hombre, y sobre todo las generaciones de niños y adolescentes, van estableciendo un apego, un vínculo especial con dispositivos que son artificiales (teléfono móvil, internet, consola de videojuegos con la PlayStation más moderna etc.), y que los inminentes modelos de robots del futuro encierran un potencial de seres animados y sintientes más leales y gratificantes que los semejantes humanos. Recuerdo una anécdota que ilustra la tendencia a establecer vínculos frecuentes con las máquinas. Una señora me preguntó si era normal, o no lo era hablar con el horno y la lavadora, como hacía ella. Tranquila, le respondí, mientras los electrodomésticos no le contesten…De las mascotas animales se irá pasando a los robots inteligentes y humanizados, más seguros y duraderos, con un repertorio, con una carta de ofertas amplia y diversa, incluso para satisfacer la demanda más exigente del consumidor. El círculo de la vida de la relación con el otro (más allá de la relación madre-hijo) que empieza en el niño con el juguete, el muñeco, acaba, se cierra con el robot de compañía para el anciano solitario y soñador. Ambos abrazados tiernamente a su «amigo». A muchos les parecerá extraño, incomprensible, incluso inhumano tal final. Todo dependerá de cómo se mire y lo que realmente se busca y se recibe u obtiene en contrapartida.El ser humano, primeramente, busca y necesita, sobre todo, recibir más que dar. Luego aprende y pone en práctica (o no) la grandeza del dar primero, incluso sin esperar respuesta alguna. En ese juego de toma y daca se desenvuelve con el otro, con resultados aleatorios, satisfactorios, o frustrantes y dolorosos, según. A partir de ahí, el hombre buscará continuar con su modelo exitoso de relación, o intentará vías diferentes para lograr el objetivo deseado. Tampoco le hace ascos a recurrir a la fantasía o a la ilusión para sacarle jugo a la esperanza. Un ejemplo al respecto es el juego a la lotería y a otras formas diferentes de apuestas o juegos de azar. Invierte poco con la esperanza de recibir mucho más. Para algunos o para muchos les compensa, sobre todo tras la frustración continuada, buscar un partenaire que les asegure el éxito, aunque se trate de encontrarlo en otros seres sintientes diferentes a los hombres o de idealizar lo artificial para conseguirlo. Existe, sin duda, un trasvase, una dinámica oscura entre «la artificialidad humanizada y la humanidad artificializada». Quizás, porque en el fondo sea difícil separar lo uno de lo otro, la diferencia entre ambas realidades.