martes. 27.09.2022

La tentación vivía arriba

Hay una escena deliciosa en la Tentación vive arriba, cuando Marilyn Monroe contornea las piernas como orinocos que van al mar del aire acondicionado de Tommy Ewell, su anfitrión, el editor Richard Sherman, atrapado en un verano caluroso de Nueva York, mientras su mujer y su hijo escaparon del tórrido Mahattan al campo. La Tentación vive arriba es la primera parábola moderna sobre el bienestar y la temperatura, que acertó a dominar la ingeniería, y elevan los ojos que minan el camino de besos, de deseo. La tentación vive arriba, pero baja al piso inferior porque cuenta con uno de los detalles imprescindibles que marcan el progreso y la modernidad; el confort que proporciona mantenerse al margen de los elementos. Quedaron escenas icónicas para la posteridad; la de Marilyn sobre la brisa de la rejilla del metro de Nueva York, y el sinuoso movimiento del vestido, bandera blanca de una generación entera que sabía de los placeres de la vida por lo que leyó a los clásicos con el rabillo del ojo. La tentación vive arriba es una enmienda a la totalidad del decreto del termostato que el socialismo del ahora te aprieto hasta que no respires se sacó de la manga para ampliar el control de la gente y sus vidas. Aire acondicionado, un hombre casado, patatas fritas y champán; es maravilloso, recita Marilyn. Lo mejor de estar con un hombre casado, es que no te pedirá matrimonio, aventura, en su primera experiencia del ecosistema regulado. Aire acondicionado atado a la pata del intervencionismo. Marilyn se habría asado en el piso superior, donde sus caseros no admitían avances, aquel agosto neoyorkino de 1955, abrasador, excesivo para una muchacha de Denver, Colorado. Hay que tener aire acondicionado, aunque no haya para el pan del niño, le replica su repentino admirador, tan cautivado por la belleza de la chica como seducido por su forma de combatir el subidón del termómetro, con la ropa interior en la nevera. Si lees detenidamente el decreto del kilowatio del Gobierno, aparecen pasajes tomados de un borrador de Wilder. Las sobras de esta obra maestra llaman ahora a la puerta del piso de abajo. Pedro ordena poner el aire diez grados más alto que Ana Botín la calefacción. Por si quedaban dudas de quién te quiere abanicar.

La tentación vivía arriba
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