domingo. 25.09.2022

Europa frente a un matón con arsenal nuclear

Putin no está bien. No es el que yo conocí cuando era primer ministro de Boris Yeltsin. Fíjense en sus discursos: habla como si su mente estuviera en otra época, sin contacto con la realidad actual». Es la opinión de Javier Solana, ministro de Felipe Gonzalez, ex secretario general de la OTAN y ex Mister PESC, el antecedente del puesto que ocupa hoy en la Unión Europea Josep Borrell. Ese «Putin no está bien» es una versión suavizada del adjetivo que utiliza el presidente de Chequia, Milos Zeman que lo calificó de «loco» tras la invasión de Ucrania.

Macron lo advirtió hace unos días al salir del Kremlin. «Lo he encontrado más rígido y aislado»; además de «mentiroso», añadiría después, porque le había confirmado que no invadiría el país. Con unas elecciones presidenciales a seis semanas vista, a Macron la gestión fallida por la paz ucraniana le perjudica; de su entorno sale el diagnóstico de «psicópata» que tanto inquieta.

Alarma la agresividad de las últimas intervenciones de Putin, la tensión interior que anuncia su comunicacion no verbal y la ligereza con que se ha referido al arsenal nuclear ruso. Es un tono de matón pero con seis mil ojivas nucleares detrás. Traumatizado, como tantos dirigentes rusos, por la desintegración de la Unión Soviética, su obsesión es sumar territorios como si quisiera recuperar el imperio. Dominará Ucrania, sin duda, quizás con un gobierno títere, pero está generando decisiones que van en contra de su propósito: Alemania ya reconsidera su estrategia energética para reducir la dependencia del gas ruso y no se descarta que recupere las nucleares; Suecia y Finlandia, piensan en abandonar su neutralidad e ingresar en la OTAN para estar más protegidos, lo que ha enfurecido a Putin; sus amigos en la Unión Europea, húngaros y polacos, guardan silencio ya que esa cercanía es impopular. Malos tiempos para los ultraderechistas europeos que ven cuestionada su influencia porque la población sufre un shock y tiene miedo de que los excesos ultranacionalistas acarreen consecuencias impensadas por ellos. También la población rusa esta vez, a diferencia de la invasión de Crimea, la península arrebatada a Ucrania en 2014, muestra escaso apoyo a la decisión del Kremlin. El «No a la guerra» crece, aunque las manifestaciones de protesta se repriman violentamente.

«Europa se encuentra en sus horas más oscuras desde el final de la Segunda Guerra Mundial», sentenció el vicepresidente europeo Borrell. La invasión de Ucrania puede generar una ola de refugiados que países limítrofes -Polonia, Rumanía, Eslovaquia, Hungría o Moldavia-, por si solos, no puedan digerir.

La economía rusa sufrirá pero la europea se va a resentir. Le llega esta crisis cuando estaba comenzando a recuperarse de la pandemia. Precios de la energía al alza, inflación creciente y daños en todos los frentes, desde los que exportan a Rusia, a los que importan, como España, cereales de Ucrania para completar su producción. Para tranquilizar dentro de lo que cabe a la opinión pública, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha lanzado un mensaje claro: «El BCE hará lo que haga falta para garantizar la estabilidad». Esta frase tiene un gran valor por la resonancia de otra pronunciada en la crisis anterior por su antecesor Mario Draghi, hoy primer ministro italiano: «El BCE hará todo lo que haga falta para salvar el euro». No dan puntada sin hilo, afortunadamente, para tejer una red de contención de la catástrofe que puede desatar la megalomanía del líder ruso. Nuevamente tiempos difíciles.

Europa frente a un matón con arsenal nuclear
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