Tiempo de balances
En el filo | antonio papell
El presidente del Gobierno y el líder de la oposición hicieron ayer sendos bala nces del año que concluye. La habitual simetría de sus puntos de vista ayuda sin duda a alcanzar la verdad equidistante, pero en esta ocasión también acentúa la vertiente más pusilánime de la política: ante una adversidad tan clara, tal lesiva para millones de ciudadanos, sus gobernantes y quienes aspiran a serlo deberían hacer de la objetividad el tributo a la buena fe. Porque cualquier intento de explotar políticamente la recesión es sencillamente inmoral. Y ayer se vio en este espectáculo bifronte cierto afán inconfeso de prevalecer, más allá incluso de la necesidad de argumentar.
Rodríguez Zapatero, que confesó al fin su escaso acierto al escamotear la crisis en los primeros momentos, pasó revista a las actuaciones del Gobierno en este último año. Su relato describió el difícil y nada lucido ejercicio de impulsar políticas activas anticíclicas para combatir la recesión sin reducir las prestaciones sociales, cuya demanda se ha disparado por causa del paro. Lógicamente, esta combinación había por fuerza de dar lugar al déficit público «incontrolable» -”el adjetivo fue de Rajoy-” que padecemos, que ha forzado al Gobierno a planear una leve subida de la presión fiscal y que obligará a practicar políticas muy estrictas en los próximos ejercicios para tratar de recuperar cuanto antes el equilibrio presupuestario del Pacto de Estabilidad. El presidente está, como es natural, convencido de que ha hecho lo correcto; y probablemente tenga razón si se acepta, como piensa el Ejecutivo, que la prioridad de 2009 no era tanto acelerar la salida de la crisis cuanto mantener la cohesión social. Y en este sentido, hay que reconocer que, sin perturbar en exceso el camino hacia la recuperación, se ha conseguido evitar la aparición de bolsas de miseria entre los cuatro millones largos de desempleados.
Zapatero ha bosquejado además su proyecto de futuro a corto plazo (que ha llegado a concretar hasta el pormenor en lo que se refiere a los primeros meses de 2010). Un proyecto que, en síntesis, consiste en mantener los incentivos fiscales para estimular el crecimiento -“el martes, la vicepresidenta Salgado presentó el fondo para la economía sostenible, por importe de 20.000 millones en dos años-, al tiempo que se empiezan a tomar medidas restrictivas del déficit -“a mediados de año entrará en vigor la subida anunciada del IVA- y se acomete la gran reforma pendiente del sistema productivo mediante un conjunto de actuaciones englobadas en la estrategia de economía sostenible y en la ley de ese mismo nombre. En definitiva, el gran objetivo es impulsar de nuevo el crecimiento, que permita comenzar la creación neta de empleo en la última parte de 2010, según la previsión gubernamental; siempre sin perturbar la cohesión social ni admitir un retroceso de los derechos de los trabajadores.
Rajoy, siempre vacilante en temas económicos, descalificó la política gubernamental con tanto ardor que hasta parecería que la crisis ha sido culpa de Zapatero. Pero si se aparta también en este caso la espuma electoralista, se llega a la certera afirmación central de discurso de la oposición popular: hay otra manera de hacer las cosas. Desde luego que sí, por fortuna, y en este dilema consiste la médula del actual pluralismo. Y aunque Rajoy no entra jamás en el detalle de su propuesta, se le entiende todo: la reducción drástica del déficit que postula es en realidad una crítica a las políticas sociales del Gobierno; y la exigencia de una reforma laboral que jamás detalla indica la propuesta de un abaratamiento del despido, que quizá sea necesario para modernizar la economía pero que, por simple sentido de la decencia, no puede plantearse ahora, cuando los trabajadores están soportando las consecuencias más devastadoras de la recesión. Recuperar la actividad, estimular la demanda, acelerar las reformas estructurales, conquistar la productividad-¦ Éstas han sido las ideas fuerza de la intervención de Zapatero. No parece dudoso que todos hemos de remar en el mismo sentido. De momento, el PP ya parece dispuesto a participar en un gran pacto sobre educación, pilar de la modernización económica. Éste es el cami no.