Diario de León
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El aullido | luis artigue

Estrenamos nuevo año insertos aún en esta dictadura consumista y sentimental llamada Navidad. Acaso por eso, porque casi nada empieza el uno de enero y no se trata todo esto más que de una convención, uno vuelve de memoria a la idea de Ortega y Gasset de que «empezar de cero no sólo resulta inconveniente sino que además es imposible». La memoria no da la medida de lo que fuimos, sino de lo que somos.

Así pues, ya que escribir el primer artículo del año 2010 no es empezar de cero, me ha dado por recordar nostálgicamente a uno de mis columnistas favoritos cuyo hueco en la prensa nacional, como el dejado aquí por Chencho y Crémer, aún no ha sido rellenado: me refiero a Eduardo Haro Teglen. Un ejemplo. Cada uno de los artículos que escribía para el periódico El País, y también los que leía con esa voz abroncada en la Cadena Ser, eran reflejo de un oficio, de una vocación y de una forma amplia de entender el mundo. «Escribir es siempre un acto político» apuntó en un libro ya clásico Roland Barthes, y esa parece hoy una cita hecha a la medida de ese periodista brillante que se autodefinía como «republicano, rojo y sentimental». Sí, de él aprendimos que el coraje es siempre la mejor opción, y de su pluma que en un artículo de periódico el tema puede ser indirecto, casi un pretexto, como en todas esas columnas que él escribió sobre política internacional, pero las cuales estaban redactadas siempre en clave nacional.

Recuerdo que una vez Victoriano Crémer me dijo que no hay nada peor para el estilo de un escritor que el periodismo, y ciertamente esa mella progresiva del periodismo diario se notaba en la prosa desgarbada de Eduardo Haro Teglen. De hecho al final parecía que no le interesaba ya ni redactar, pero siempre había ideas y pensamiento más allá de la sintaxis; siempre estaba el criterio agudo de uno de esos periodistas literarios que creían en la palabra porque confiaban en la capacidad de este país para, como Lázaro, levantarse y andar. «Soy español, a menudo sin ganas» escribió este creador iconoclasta capaz de hacérnoslo repensar todo, empezando por nuestras identidades colectivas. De hecho para mí fue importante leer su libro titulado Ser de Izquierdas (Ed. Temas de Hoy) en el que se habla entre otras cosas de los peligros de esa radicalidad destructiva que él denomina «izquierdismo», y que de ningún modo es sinónimo de lo que entendemos hoy por izquierda. De hecho la suya fue una voz crítica, acerada, inteligentemente no acomodada y siempre alentándonos hacia la responsabilidad cívica y el énfasis vital: por eso, en estos tiempos nuestros en que en el periodismo triunfa el partidismo, el suyo constituye todo un ejemplo.

Pero, además de los artículos políticos, fue un hombre del teatro ejerciendo como crítico sensible, detallista y docto tanto en los periódicos como en la radio. Era en esta faceta donde más podíamos ver al humanista y al esteta, al hombre hondo y cabal que redondeaba con sutiles argumentos sus inclinaciones y sus consternaciones. Es un síntoma de decadencia que no se logre sustituir a los grandes, pero la decadencia es total si tampoco los recordamos y por eso quiero empezar así ahora.

Feliz año nuevo a todas; a todos.

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