El Camino
Fronterizos | miguel a. varela
El Camino siempre estuvo ahí, con su detallado plano dibujado en el cielo, dispuesto a coser las costuras de Europa antes de que existieran europeos, uniendo los bosques franceses o alemanes con ese punto en el fin del mundo que se despeña por las barrancas de Finisterre hacia un océano inabarcable. Vinieron siglos oscuros y las gentes escucharon a un obispo heterodoxo llamado Prisciliano que me huelo anduvo por los valles del Bierzo predicando teorías de austeridad emparentadas con el gnosticismo egipcio de los principios de la andadura cristiana. Teorías que sonaban demasiado paganas para la recién montada estructura eclesiástica. Y estas cosas se arreglaban por entonces de manera no muy diferente a la actual: el pobre predicador inauguró la lista de los desobedientes a los que cortaron cuidadosamente la cabeza aunque, como a veces sucede, no acabó la rabia con la muerte del perro y más de un heredero espiritual dejó mensajes cifrados en los árboles del noroeste. Alguno enterró los restos del maestro en lugar apropiado para el culto discreto que un avispado rey convirtió siglos después, a golpe de mercadotecnia y crónica milagrera, en tumba de apóstol y centro de referencia occidental de la cristiandad, además de ruta económica y cultural de primer orden a cuya sombra crecieron ciudades, monasterios, leyendas y una industria turística creciente.
A principios del XXI, la ruta está más viva que nunca y a los miles de caminantes que la dibujan cada día les importa un bledo a quien pertenezcan los huesos custodiados bajo el solar de Compostela, sean éstos los de un santo que cenó con Jesús o los de un hereje que tomaba baños de luna en pelota picada. El que acaba de empezar es el segundo Año Santo Jacobeo de los catorce que se celebrarán en este siglo, lo que incrementará aún más el caudal de peregrinos que caminan hacia una tumba sin lápida.