Diario de León
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Tribuna | Diego íñiguez

doctor en Derecho y administrador civil del Estado

El Tribunal Constitucional alemán ha declarado inconstitucional la ley de Berlín que permitía abrir los comercios los cuatro domingos de Adviento. Lo habían pedido las iglesias evangélica y católica. Pero la sentencia no se basa sólo en la libertad religiosa, la une al derecho al descanso de los trabajadores y la protección a la familia y configura un -˜derecho al domingo-™: un día de la semana en que sólo trabajen quienes prestan servicios indispensables, para que sea posible el descanso, la vida familiar, personal o asociativa, cierto «recogimiento espiritual». Emplea una solución técnica admirable, recuperando unos artículos de la Constitución de Weimar de 1919. Las iglesias han celebrado juntas la sentencia, los sindicatos aplauden.

No así el alcalde de Berlín, que dice que la sentencia acoge «una concepción anticuada» y que su ley respondía «al modo de vida moderno». Es curioso que para un socialdemócrata del ala izquierda lo moderno no sea que los trabajadores de servicios, mal pagados, descansen el domingo, sino poder pasear con bolsitas por los centros comerciales, que brotan como setas y arruinan el comercio de los barrios. Y eso cuando su partido ronda el 20% de apoyo y no el 40% que solía. Hasta la sentencia protege mejor sus intereses, también facilita las reuniones políticas: con las tiendas cerradas, el alcalde podrá pasar el domingo a la puerta de su agrupación, como el pastor de una viñeta cómica ante su iglesia, para ver si entra alguien. Claro que quizá esto también le parezca anticuado -de cuando en los partidos se convivía-, prefiera que sus militantes vayan de compras y lo vean por la noche en Internet.

El Constitucional no se opone a los cambios sociales: permite largos horarios entre semana, que se abra domingos y festivos si se justifica la necesidad. Pero el interés de las cadenas comerciales, únicas beneficiarias del merodeo consumista, no prevalece sobre el de descansar un día en que lo haga la mayoría, a pasarlo en familia sin que trabaje uno de sus miembros, casi siempre las madres jóvenes que emplea ese sector. Sin comprar cosas prescindibles, sin tareas que podrían hacerse el lunes -u olvidarse, como ocurre en cuanto se sacude el estrés de la semana. La sentencia es un acto de sentido común y de humanidad, también hacia el consumidor que olvida que si hoy puede comprar los domingos, pudiera pronto tener que trabajarlos.

¿Se imaginan un TC así, que buscara nuestra tranquilidad al menos un día a la semana, que pudiera dejar por un día los equilibrios de poder entre élites y los apasionante bizantinismos competenciales para tratar de facilitarnos la «busca de la felicidad», ese gran objetivo liberal de la Constitución americana?

Porque todos sabemos lo que es una noche toledana, pero vivimos de una forma que pronto hará proverbial otra expresión: la de «horarios españoles». Los del ocio, con ese curioso derecho ilimitado a no dejar dormir a los vecinos, ni a los padres, trasnochadores pasivos. Y los del trabajo, con jornadas alargadas por el tiempo de transporte, por el precio de la vivienda y por la cultura del -˜presentismo-™, que obliga a estar muchas horas, más que nadie, para que le vean a uno, haya o no trabajo, esté o no hecho el que había.

Es una vida desesperante para quien tiene hijos, cuida a mayores, quiere estudiar o hacer algo; que atonta, desmoraliza y hastía. También un sistema poco productivo, porque la rigidez teórica se incumple con prácticas toleradas -llegando tarde, haciendo recados a media mañana, con comidas larguísimas- o pícaras que suplen la falta de tiempo personal. Genera un sistema equivocado de recompensas, que olvida que quien está más tiempo a la vista del jefe no suele ser quien más trabaja, sino el que no puede escapar o el más astuto. Falta conciencia del valor del tiempo propio y ajeno, el jefe se convierte en dueño de la vida. Se envidian los trabajos y el modo de vida de otros igual de quemados, que nos los cambiarían de inmediato. Ascender hace más cómoda la jornada, permite desplazar parte del desorden a otra clase que vive aún más lejos y trabaja jornadas aún más largas. Pero no libera.

En el Norte de Europa la jornada dura lo establecido, se puede vivir trabajando a tiempo parcial, se come en un momento. Quien alarga la jornada es sospechoso de no organizarse bien, de no ser capaz. Se llega antes a casa, se cena pronto, queda tiempo para hacer algo con los hijos, deporte, ir al teatro. Es posible aprender algo, un idioma. Se gasta menos, hace falta menos, crece la movilidad.

La nuestra es una sociedad despreocupada de las consecuencias de su desorganización, inclemente, quizá porque quienes podrían remediarlas están en sus cosas. Sólo se esfuerza Ignacio Buqueras, un profeta moderno que clama contra la irracionalidad de los horarios españoles y lleva años con su campaña para racionalizarlos. Para recuperar, como ha dicho Jacques Delors, los valores de la cordialidad, de la comunidad, de la familia y de la solidaridad, el tiempo para vivir, reflexionar y realizarse.

¿Podemos hacer algo? Pequeñas cosas, una guerrilla: cobrar conciencia, sortear las trampas del -˜presentismo-™, respetar la jornada de los demás. Desenmascarar a los pelotas, huir de jefes hiperactivos y ubicuos, que suelen serlo a nuestra costa. Echar cuentas, comprobar lo caro que resulta vivir así. Reaccionar antes del infarto, del fracaso con los hijos. Prescindir de lo posible, negociar el horario, ganar tiempo.

El primer paso es parar: reservarse un día de calma para desintoxicarse de los apremios prescindibles, de la lógica absurda a la que sacrificamos cinco días de la semana. No comprar, no correr, no hacer recados ni regalos. Dejar que se evapore la adrenalina que nos unce a esta vida disparatada. Porque somos el tiempo que nos queda. Y viviendo así cada vez somos menos.

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