Los abrazos de la infamia
Tribuna | Pedro Rabanillo martín
Me ha movido a este inevitable desahogo, el triste espectáculo que días pasados tuve la desdichada oportunidad de presenciar, debido a las imágenes de televisión, difundidas a bombo y platillo, como si de una lección de pedagogía divulgativa se tratara: los efusivos abrazos que las ministras del «aborto» se dieron en señal de macabro «triunfo», obtenido después del siniestro debate sobre la libertad de «bendecir» el infanticidio del «hascituru» amparando una ley de carácter presuntamente destructivo y fratricida sobre los más indefensos de la especie humana.
Es posible que esta opinión pueda resultar desorbitada para mentes del mismo signo ideológico que las protagonistas de la calculada añagaza de confundir a una sociedad demasiado indulgente. Que la ley del aborto que habían planteado tenían derecho a defenderla, no admite la menor duda. Otra cuestión es, que no sean conscientes de las tintes de dramatismo que conlleva el planteamiento, al tratarse de dilucidar sobre la vida y la muerte de unos seres, que queramos o no, son tan humanos como los que habitamos este desdichado mundo; llegando incluso a tasarles por imperativo legal el tiempo al que no tienen derecho a irrumpir en la existencia, Sin más «atenuante» a este desafío que la contumaz invitación al desfogue sexual origen de este cruel fin.
Si contemplamos con detenimiento el fondo de la otra educación, y nos paramos a reflexionar sobre su contenido en esta materia, o se trata de mentes desequilibradas, o deben imponerse la carga de responsabilidad que conlleve la siniestra defensa. Siguiendo la visión de otros programas televisivos en esos días, viene a cuento, a lo plasmado por biólogos dedicados al mundo animal, en los cuales ponen de manifiesto el trato exquisito y racional con que tratan las especies exhibidas ocupándose de la reproducción en cautividad, con el fin de devolverlos a su hábitat natural, y así aumentar, si es posible, el número de crías de cada especie programada. ¿Cómo se entiende que la dedicación plausible y meritoria al mundo animal, que celebramos incondicionalmente, adquiera ese trato humanitario, y que los seres «humano» deshumanizados, prediquen consignas para perpetrar la barbarie de asesinar a seres de su misma especie, emulando al canibalismo salvaje sin paliativos? Después de esta reconvención, me permito invitar a esas despiadadas personas a reflexionar sobre el signo de su existencia y la de sus familiares ascendientes y descendientes más cercanos, sobre el destino que les hubieran tenido reservados con esa perversa conducta. ¿Vivirán el resto de sus vidas la felicidad del deber cumplido?
Si al terminar el debate y posterior votación no hubieran exhibido esa lamentable euforia acompañada de infames abrazos, sino con rasgos de prudente conmiseración por respeto a la inmensa mayoría que condena este desdichado proyecto , hasta los más furibundos oponentes, habrían suavizado el rechazo a tan malvada conducta.
Una vez plasmado en estas líneas el sentir por tan lamentable escenificación, queremos justificar el voluntario proceder sobre la defensa de unos principios que estamos obligados a observar quienes creemos en las raíces de un mundo civilizado, que nos ha regalado la existencia que vivimos. Nos permitimos por tanto explicar a nuestro entender el criterio sobe tan incomprensible acontecimiento y las causas de su origen.
Desde que comenzó la primera legislatura del actual Gobierno, el modelo socio-político a que nos habíamos acostumbrado, está sufriendo un desconcertante revulsivo, sin que a ciencia cierta sepamos el destino final al que ha de conducirnos, si nos atenemos a las perspectivas que al parecer subyacen en el ánimo de quienes han diseñado este «intrincado» laberinto. Los cambios a temas de incipiente creación, como el que nos ocupa, aderezado con el no menos contradictorio de la Educación para la Ciudadanía, ha conseguido soliviantar a una Sociedad que poco a poco va despertando del sueño del «hipnotismo» que practican algunas instituciones, medios de comunicación afines y, aquellos que arrimados al pesebre aprovechan las migajas que indefectiblemente ensucian su dignidad.
Cuando en algunos centros de Educación se dispensa a nuestros adolescentes y menores consejos para practicar acciones impúdico-naturales, a fin de conseguir el sumun de la «felicidad», sin un análisis preventivo sobre sus irracionales consecuencias, los resultados llegan a ser tan perniciosos como lo es el caso de la cínica invitación a la peligrosa y temprana práctica sexual, precedida del «rutilante» ¡póntelo! ¡pónselo!, y a la casi segura asistencia a los centros de la peligrosa interrupción. ¿No sería más prudente habilitar un dictamen consultivo en los colegios, concerniente a dispensar información preventiva -”la sabia naturaleza predispone a la «gente», a su tiempo, al uso de sus «esencias» a los jóvenes y adolescentes interesados en desentrañar el complejo ejercicio de una sexualidad racional-”, sin la obligación de iniciar una prematura práctica, conminándoles a una abstinencia sin traumas y a erigirse en defensores de su propia personalidad? Somos conscientes de que la suerte está echada, y, que no habrá freno a reducir el grado de responsabilidad que cada cual tenga reservado en el haber de su conciencia.