Luis Lobato
Al trasluz | eduardo aguirre
Ha muerto don Luis Lobato, o Luis Lobato a secas, porque en la misma conversación pasábamos constantemente del usted al tú, y viceversa, sin terminar de decidirnos nunca por el tratamiento definitivo, titubeo mutuo que le daba un toque entrañable a la charla, como si cada vez nos acabáramos de conocer. Don Luis, o Luis sin más, convirtió en su día los almacenes Lobato en un referente, y después su hijo fue el pionero en traer ropa «atrevida» a León, que vendía en Twenty. Sobre esta columna de palabras construyo el pésame. Después de estar con él, siempre me decía a mí mismo que me gustaría cumplir años así, con su elegancia exterior e interior. En algunas personas, los buenos modales son una manifestación de su inteligencia natural, de poseer una ética y una estética, un ser y un estar, que no se limita al espejismo de las meras formas. Era a la vez distinguido y sencillo, con algo de coronel inglés retirado. Supongo que ese constante cambio en el tratamiento se debía a que a los dos nos imponía la gran diferencia de edad, que, sin embargo, no fue obstáculo para conectar desde el primer momento, pues el camino es el mismo para todos, aunque los tiempos cronológicos sean diferentes, y las pruebas no sean las mismas.
Fue un gentleman, por dentro y por fuera. Y sí, quienes limitan su trato personal o profesional a su propia generación empobrecen su percepción de la vida. Unos van, otros regresan; pero todos somos peregrinos y hay posadas que podemos compartir a lo largo del camino. Me alegro de haber tratado, de tú y de usted, de usted y de tú, con este caballero de la tabla redonda. Mi Camelot personal, del que algún día he de escribir más detenidamente, ha perdido a otro de sus caballeros. Adiós, don Luis. Adiós, Luis. De usted y de tú. De tú y de usted.