Diario de León
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Panorama | antonio papell

La recesión ha hecho tambalearse al euro. Una evidencia ambivalente porque si de un lado lo ocurrido revela la fragilidad de la moneda única, de otro lado cabe destacar también que la divisa común ha sido capaz de resistir sin hundirse la peor adversidad que podía esperarse, una gran crisis global sin precedentes que ha puesto en cuestión todo el sistema financiero internacional. Resultaría suicida sin embargo no obtener conclusiones de lo sucedido (de lo que está sucediendo, más bien, dado que Grecia aún no ha resuelto sus problemas, ni puede darse por descartado que surjan desajustes en otros países de la Eurozona, el nuestro entre ellos).

Como es bien conocido, la moneda única se sustenta sobre el Pacto de Estabilidad y Crecimiento adoptado en 1997 (fue aprobado en el consejo europeo de Dublín de diciembre de 1996) sobre la base del Tratado de la Unión enmendado en el decisivo consejo europeo de Maastricht de 1993. Al fundarse la moneda única se impusieron las condiciones que debían reunir los países aspirantes para ingresar en el selecto club; sin embargo, no se marcaron las pautas de conducta que los socios debían mantener una vez dentro.

En consecuencia, el Pacto fue establecido para garantizar la estabilidad presupuestaria de los miembros de la Eurozona -con un límite del déficit público del 3%-, en evitación de que una política presupuestaria laxa de un Estado miembro penalizase a los otros a través de los tipos de interés; y en pos de una creciente convergencia de las políticas económicas. Ésta es la teoría, impecable, que sostiene al euro, y que viene impuesta mediante normas coercitivas: si el Consejo constata un déficit público excesivo, podrá incoar un procedimiento sancionador, que primero dará lugar a una amonestación al país transgresor.

Si el Estado miembro no se ajusta a esas recomendaciones o no adopta medidas destinadas a remediar la situación, podrá ser sancionado; la sanción consiste inicialmente en un depósito sin intereses, a favor de la Comunidad, compuesto por un elemento fijo igual al 0,2% del PIB y un elemento variable igual a la décima parte de la diferencia entre el déficit (expresado en porcentaje del PIB) y el valor de referencia (3%). Cada uno de los años siguientes, el Consejo podrá decidir reforzar las sanciones. Y el depósito se convierte en principio en multa si en los dos años siguientes no se corrige el déficit excesivo. Sin embargo, la aplicación de estos requisitos es, de momento, escasamente rigurosa. Francia y Alemania transgredieron desde 2004 el límite del 3% por problemas internos -al margen de la coyuntura global- sin haber sido sancionados. Y, como ahora se constata, los controles europeos del cumplimiento de las condiciones han sido inexistentes, lo que ha permitido a Grecia ocultar sus problemas mediante añagazas estadísticas sin que la Comisión se percatara de ello hasta que la recesión ha destapado las vergüenzas griegas.

En definitiva, la debilidad del euro no se resolverá del todo si no se soluciona el déficit político de la Unión. Con la moneda única, es ingenuo seguir pensando que la estabilidad de la Eurozona se generará espontáneamente sin el acompañamiento polític o de un auténtico gobierno europeo

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