Saturnales del holocausto
Tribuna | HÉCTOR ÁLVAREZ GARCÍA
Doctorando constitucionalista, UNED
Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado» (Benito Mussolini); «Para el fascismo todo está dentro del Estado, y nada humano o espiritual existe ni tiene valor fuera del Estado, en ese sentido el fascismo es totalitario» (Giovanni Gentile); «El estado no existe para los fines de los ciudadanos, podría decirse que el estado es el fin y los ciudadanos son instrumentos» (Friedrich Hegel)
Esta amalgama de ideas sintetiza ideológicamente el fascismo como un totalitarismo estatista que subyuga al cuerpo soberano, degradando la Nación al convertirla en una comunidad de patriotas y no de ciudadanos, domeñados enfervorecidamente a la Voluntad infalible y providencial del Líder (Il Duce, Der Führer o El Caudillo)
La racionalidad es sustituida por la emotividad mediante constantes apelaciones a los sentimientos, exaltados con refulgente y efectista retórica propagandista propalada por el Partido, consiguiendo manejar la masa informe en la que se ha convertido el otrora Soberano , al haberse homogeneizado y envilecido como consecuencia de haber renunciado a su libertad.
El fascismo alemán incorpora del italiano la glorificación y encumbramiento de la Nación, grávida de beligerantes ansias imperialistas dirigidas a anexar los territorios del extinto Imperio Alemán ( II Reich ), desmembrado en el Tratado de Versalles de 1919. El sustrato subyacente que servía de soporte y fundamento a las pretensiones expansionistas era el elemento Raza ; la superioridad de la raza aria frente a cualesquiera otras que poblaban el pretendido suelo germánico y que debían ser exterminadas para conservar y garantizar la pureza y primacía teutona. Ésta es la seña de identidad propia del fascismo alemán y que cristalizará en el xenófobo concepto del Volk (pueblo alemán, entendido como comunidad de raza) que legitimará el asesinato sistemático de millones de personas que estaban fuera de la «lógica soberanista» de Hitler.
Recientemente, la librería filonazi Europa, cuyo propietario, Pedro Varela Geiss, ha sido condenado por apología del genocidio y está imputado en otro proceso por el mismo delito, organizó en Barcelona una conferencia del pseudo-historiador David Irving, británico conocido por sus disparatadas teorías sobre el negacionismo del holocausto perpetrado por el fascismo alemán durante la II Guerra Mundial.
Conferencias como la de Irving son un atentado contra los valores democráticos y la convivencia armónica y pacífica en una sociedad plural como es la nuestra, porque tienen un trasfondo legitimador del fascismo alemán, minusvalorando sus acciones y ofreciendo una visión falseada y fraudulenta de la verdad histórica y judicial explicitada en los Juicios de Nürnberg, donde los propios victimarios reconocieron haber participado activamente en las cámaras de gas, segando la vida de los judíos que diariamente llegaban en los trenes del horror procedentes fundamentalmente del Frente del Este.
Nefando servicio está prestando el Tribunal Constitucional a la libertad, permitiendo que determinados discursos del odio y de la violencia más o menos disimulados, o encubiertos de pueril elocuencia puedan difundirse lícitamente. Así, separándose de la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en su sentencia 235/2007, de 7 de noviembre, declaró inconstitucional el inciso del artículo 607.2 del Código Penal que castigaba con pena de prisión a aquél que negara el genocidio, por considerar que vulneraba la libertad de expresión. Y en su sentencia 126/2009, de 21 de mayo, declaró legal el partido de la ETA: Iniciativa Internacionalista, que había sido expulsado de la vida política por el Supremo.
Estos actos, legales en España, retroalimentan los grupúsculos hitlerianos de nuestro país, al presentarse, revestidas de autoridad científica, teorías que no son más que carnaza legitimadora del fascismo genocida alemán, destinada a satisfacer la insaciable voracidad de los cachorros del nazismo, manipulados como inanes marionetas, que acuden a recibir su necesaria ración de autoafirmación en su fanatismo irracional. Convirtiendo estos eventos en depravadas bacanales de justificación del holocausto cometido por Der Führer y sus adláteres en el período más execrable de la Historia del Viejo Continente. La democracia no puede permanecer impasible ante estos ataques obscenos y despiadados a la memoria y dignidad de las víctimas, nuevamente ultrajadas por manifestaciones que pretenden encomiar y enaltecer a los perpetradores; muy al contrario, debe reaccionar hostilmente frente a ellos acabando con su impunidad.