País de horizontes
A esgaya | emilio gancedo
La peor cosa que le puede pasar a una persona o a un grupo de personas es no saber aprovechar los talentos que le han sido concedidos. No saber, no poder, no querer ver las posibilidades y las potencialidades lo encadena a uno a la inmovilidad o, como poco, a la inercia. Es algo lastimoso asistir a la incapacidad demostrada por una comunidad humana para convertir las dificultades en ventajas, para encontrar nexos de unión en vez de espacios de conflicto, para crecer en medio de un contexto concreto -”nos gustaría, quizá, que fuera otro, pero, como dicen los mayores, «con estos bueyes tenemos que arar»-”.
España, este país surreal, arrastra a sus espaldas una historia compleja y convulsa en la que, por desgracia, abundan más los repetidos actos de desprecio a la inteligencia que los abrazos decididos y coherentes a la razón. Aquí, el deseo recóndito y no declarado de muchos es conseguir que el resto de ciudadanos o de políticos acabe pensando como uno mismo y, si eso no fuera posible, acabar con la otra facción, eliminarla del mapa. Existen pocos ejemplos de auténtico debate, de ese diálogo que cuenta con el previo consentimiento de que nadie es depositario último de la verdad y que a ésta sólo podemos acercanos desde la aportación de muchos argumentos diferentes.
Nada hay más lejano que el espectáculo vergonzoso que nos ofrece cada día, a nivel tanto nacional como local, el revuelo partidista que sólo busca hallar el punto flaco o lanzar a los medios la proclama más pasmosa. O la vista que nos brindan los muros que separan las autonomías, cada vez más altos, alzados sobre la fijación identitaria, de un lado, y una cerril ceguera que no se atreve a apreciar la verdad, de otro. El potencial de España es enorme, pero sólo lo puede alcanzar siendo otra España, convirtiéndose en un país verdaderamente solidario, razonable y justo. Donde todos cuenten y a todos se les pregunte. Hoy no hay reto como ese.