Otra vez Semana Santa
Historias del reino margarita torres
Hoy no puedo ser objetiva, ni lo pretendo. Quien siente la Semana Santa y admira el esfuerz o de los hombres y mujeres que dedican su tiempo a ella, debe aceptar que lo que escriba, hable o juzgue nunca adquirirá ese matiz perfecto que, a la hora de analizar un hecho, mantiene el que sabe distanciarse. León, que tanto debe al turismo, recibe cada año una inyección de dinero potentísima gracias a los papones y su voluntad de ofrecer a los cielos y a los hombres la constatación de una identidad. No pedimos los cofrades más respeto que aquel que quienes gustan de hincar la tinta, o la lengua venenosa sobre nuestras carnes, observan melindrosos respeto a otras religiones y manifestaciones públicas. Quienes atacan la Semana Santa callan en Ramadán, los que se burlan de los papones se cuidan infinito de reírse de musulmanes o judíos en sus fiestas tradicionales. Les da yuyu. Sorprendente doble vara mezquina de medir-¦
Una se cansa, como se cansan los que pujan sobre sus hombros los pasos, las mujeres que resisten a pie firme como los varones, los que organizan, los que tocan, los que desde las aceras contemplan su esfuerzo, los que saben que ese recuerdo convertido en tradición activa los negocios que dependen de los ingresos derivados del turismo en los pueblos y ciudades de la provincia.
Aburre leer los mismos comentarios de desprecio, escuchar las mismas bromas gastadas, burlas hacia las personas que, día a día, preparan con mimo preciosista lo que en una sola semana se exhibe a propios y extraños. Ha llegado a un extremo que me molesta pues pienso, y creo que no me equivoco demasiado, que la base de toda convivencia parte del respeto. Me chirría tanta crítica tornada en chascarrillo sobre los lomos de los mismos y en las mismas fechas. Ese valor de sacar pecho contra quien saben que no osará devolver la ordinariez o contestar necias palabras porque su educación se lo impide. Me estorba, como digo, porque la Semana Santa, las procesiones, las cofradías, los hermanos y hermanas, quienes visitan León esas fechas, los que se alojan en nuestros hoteles, los que comen en nuestros restaurantes, los que admiran tanto sacrificio, merecen todos ellos un respeto.
La Semana Santa de León no es sólo Genarín, tipo que francamente, me importa un soberano carajo, como tampoco los leoneses somos hijos de putas y legionarios, bastardos de reyes fascistas, burdos maquiavelines de navaja al cinto, tal que les gusta con sonrisa de medio lado afirman a algunos. A ver si de una puñetera vez por todas aprendemos a amar lo nuestro, perdonando los errores de quienes nos precedieron, conociendo de ellos, asumiendo para bien y para mal nuestra realidad. Sólo así conseguiremos salir del hoyo en el que nosotros mismos nos metemos, en el que nos regodeamos. ¿Por qué nos empeñamos en burlarnos de nosotros mismos? ¿Acaso para lograr algo más que una acidez de estómago, hija de la mala leche? Sin pasado, sin tradiciones, sin tolerancia ni respeto, nada nos distingue de los cazurrines que un buen día salieron de la cueva con un léxico reducido al «u g, ug» y la cachiporra por colofón. Algunos, siguen en ella. Para el resto, feliz Semana Santa.