Diario de León
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Fronterizos | MIGUEL Á. VARELA

Es conocida la metáfora de Felipe González sobre los ex presidentes de gobierno, esos delicados y carísimos jarrones chinos dotados de tanto valor que nadie sabe donde ponerlos. En otros países democráticos, acaban encabezando misiones diplomáticas o programas humanitarios, pero aquí no hemos sabido todavía articular el papel de estos jubilados prematuros y sus opiniones no siempre son cómodas para sus sucesores. En la joven democracia española, el prestigio de sus máximos mandatarios crece a medida que pasan los años: el tiempo contribuye a diluir la memoria de sus errores y a medida que se despeja el «síndrome de la Moncloa» la persona se separa del personaje y se agrandan sus virtudes. Al margen de sus indiscutibles contribuciones a la consolidación democrática, el fallecimiento de Calvo Sotelo «el breve» y la dramática enfermedad de Adolfo Suárez han contribuido a una elevación a los altares de los dos primeros mandatarios del país. En el caso de Aznar, la cercanía de su mandato, su peculiar gestualidad y sus abdominales están todavía demasiado presentes en la vida pública, rumiando un fracaso electoral que, sin ser estrictamente suyo, creo que pesa demasiado en su displicente comportamiento.

Y luego está Felipe González, más suelto que nunca, que cada vez que habla se bloquean los sismógrafos del Palacio de la Moncloa. Estos días, desde Nueva York, el líder socialista explicó que «el país iba mal» antes de que estallara la burbuja especulativa y se tardó en ver una «situación de emergencia» producto de «una gran divergencia en su economía real». Para que todos los entendamos: el país vivió por encima de sus posibilidades y, aunque en apariencia su economía crecía y se creaba empleo perdía a la vez competitividad en la economía global. Es una visión que no anda muy lejos de la realidad, lo cual no está nada mal viniendo de un jarrón chino.

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