Diario de León
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Jueves Santo: un día para el amor y la libertad

Como ciudadano seglar, del pueblo llano, pretendo exaltar esta gran festividad cristiana y social. Es la conmemoración de la Última Cena, en la que Jesús, instituyó la Eucaristía.

Y proclamó, con categoría de segundo mandamiento: el amor. Este vocablo, tan corto, es intenso y extenso, para todo hombre, de todos los tiempos. Amor es solidaridad, generosidad, moderación, paz, convivencia y alegría. En esta Cena, Jesús lavó los pies a los apóstoles como un hecho de humildad, sencillez y servicio a la sociedad.

Amor es libertad. No valoramos su grandeza. Si reflexionamos unos instantes nos daremos cuenta la esencia de este básico derecho para la humanidad. Fue instituido por Jesús, hace dos mil años. Y fue confirmado parcialmente por los Derechos Humanos, hacia 1945.

Libertad es abolir la esclavitud, que fue la gran cadena que sufrió la humanidad hasta tiempos no lejanos. Libertad es justicia, es elegir entre el bien y el mal, la fe, la religión, la cultura, la opinión y la información. Es capacidad para la imaginación, la iniciativa y la actividad de cada persona; básico para el desarrollo económico y social y valores humanos y espirituales. Dios nos ama, pero no es el volante de nuestra vida; somos cada uno los que elegimos los caminos y las veredas.

Libertad es respeto y es también responsabilidad. Han pasado dos mil años y sí hubo grandes progresos en la dignidad humana y en el bienestar, pero falla la solidaridad. Aún hay mucha pobreza, chabolismo, luchas sociales, discriminación de raza, género, religión y cultura en el mundo. Como botón de muestra, ahí está lo ocurrido recientemente en Haití, con nivel de vida ínfimo, y tiene como vecino y tuvo como tutor a dos grandes y ricas naciones.

Y en África muere todos los días la población infantil, por falta de alimentos y medicamentos. Los adultos viven en pura subsistencia y arriesgan su vida diariamente en busca de horizontes sin luz. Y hay en el mundo mil millones de personas que padecen hambruna severa.

Y es grave que no exista un ambiente y conciencia de solidaridad. Los cristianos y nuestras iglesias deberíamos hacernos una autocrítica constructiva para crear un favorable ambiente de amor social. Si es cierto que hay mucha indiferencia y negatividad hacia las iglesias, pero falta amor y cercanía y sobra burocracia. Si es justo recordar la eclosión de amor, moderación, fraternidad, cambio y modernidad que nos dio al mundo la breve vida papal del beato Juan XXIII.

Es muy negativo que las iglesias cristianas estén separadas, que es desilusión y para muchos crítica y escándalo. Hacen una grave erosión al amor y a crear conciencia de solidaridad. Es urgente que las iglesias pongan máximo interés en el diálogo, con amor, moderación y responsabilidad espiritual y social, y aún con una noble diversidad de miembros, con un solo cerebro y un solo corazón. La unidad y universalidad es un mandato del fundador.

La unidad sería un hecho histórico para la humanidad. Sería un revulsivo social para el cambio de aptitudes que influiría en la sociedad como un amanecer primaveral, pleno de optimismo activo, en favor de la espiritualidad, mejor convivencia y menor violencia, más vocaciones y recíproco amor y cariño entre sociedad e iglesia. Así, el mensaje de Jesús al mundo tendría mucha fuerza y mayor credibilidad. Sería como la noble lluvia caída sobre terreno fértil agostado.

El día de la unidad cristiana, sería como izar bandera de paz, amor y solidaridad. Y Jesús pondría a los ángeles y querubines a cantar el aleluya y el himno de la alegría, y a tocar: flautas, rabeles, trompetas, zanfoñas y violines a Dios, al Creador de nuestro vasto, complicado y misterioso universo.

Fernando Geijo Rodríguez. León

Mala gente que camina y va apestando la tierra...

Ignoro en qué contexto, el llamado Su Santidad pronunció la frase de «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra», referida al asunto de los curas pederastas. ¡Por Dios!.

Es más, no creo que exista ninguno. Más bien hay  un intento de disimulo sobre un escándalo que no tiene nombre y un daño que tampoco lo tiene.Todo el mundo tenemos defectos, somos pecadores, si se quiere, pero, en lo que al asunto respecta, tiro la primera piedra, la última y las que me dé la gana,  y se las tiro a cualquiera, cura o seglar, que ponga las manos sobre un niño, si no es con la ternura, el cariño y el respeto que merece.  Son «mala gente que camina y va apestando la tierra»  (Antonio Machado). Andamos surtidos  de un  intolerable  desparpajo a la hora de despachar conductas criminales, como pocas,  sobre todo proviniendo, como ocurre con harta frecuencia, del estamento clerical. De esta comprensión entre ellos y fuera de ellos han ido viviendo. A salvo, los curas decentes que estoy segura que también  hay.

Lina Freire Suárez. villablino

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