Tres infancias
Al trasluz | edaurdo aguirre
Cada escaparate es una ventana tanto a los productos que allí se venden como a la concepción del mundo -”no sólo del negocio-” que tiene el comerciante. La otra tarde me llamó Jaime Quindós padre con una entusiasta recomendación: «No dejes de ver el escaparate de Festones, ya verás la maravilla que han hecho los hijos de mi amigo Luis». Tal sugerencia, viniendo de quien en Maese Nicolás hizo del escaparatismo una genial premonición, al adelantarse en años a modas y tendencias, tuvo el efecto de la tentación irresistible y caí sin ofrecer resistencia. Mereció la pena: 800 muñecos de Playmobil reconvertidos en papones y asistentes a El Encuentro, incluidas las autoridades municipales y los medios. Sí, un escaparate expone también una forma de ser, y el diseñado por los hermanos Álvaro y Jorge Pérez Algorri, con la ayuda de María Villalobos me hizo recordar el «en verdad os digo que si no os hacéis como niños-¦». La procesión de muñequines no transmitía una visión desdramatizada de la Semana Santa, disparatada ocurrencia, sino el triunfo de la esperanza, mediante una sutil asociación iconográfica de religiosidad, humor e inocencia, en perfecto equilibrio de tonos; lo conseguido trasciende las muchas horas empleadas, pues en arte la paciencia sin trascendencia se queda en cabezonería. Plasmaron lo más grande mediante lo más pequeño, en una bella parábola visual, sin caer en la banalización de aquello que no puede ser banalizado, y salieron triunfantes del reto, que no consistía en cuantas más piezas mejor, ni en la originalidad por la originalidad. Muchos transeúntes, al contemplar este escaparate y verse reflejados en su luna, recordarían que llevamos dentro tres infancias: la propia; la de los hijos y la de nuestros padres. Tres infancias fugitivas.