Pereira, un año
La gaveta | césar gavela
E n la primavera de 1970, en Astorga, fui a una lectura de poesía. Los poetas eran Antonio Pereira y Antonio Gamoneda. Por entonces Pereira tenía 47 años y Gamoneda 39. Eran dos escritores que en realidad habían publicado poco y que vivían en el olvido. Pasarían aún bastantes años para que rebasaran las fronteras provinciales. Fue en la segunda mitad de los ochenta. Gamoneda empezó a ser reconocido por el durísimo y tribal estamento poético de España a partir de la excelente edición de su obra que hizo Miguel Casado. Pereira, que era poeta pero que escribió su mejor poesía en sus cuentos extraordinarios, no tuvo la suerte de Gamoneda, su viejo amigo. Pero tuvo la felicidad de la literatura.
Él sabía el valor de su obra aunque nunca hablaba de eso. Y tenía un gozo de vivir que fascinaba. Pereira luchó por sus libros, pero sabía que en España el que escribe cuentos está condenado a una marginación anómala. Aquí, al revés que en América, se identifica narración con novela, lo que no deja de ser una forma de cerrar la puerta a la poesía. Porque los buenos cuentos, no digamos los de Pereira, son poesía. Están construidos desde ahí. Porque solo la poesía otorga grandeza a la prosa. Y por eso tan pocas novelas son grandes. Son otra cosa. Sociología o historia sazonadas con personajes de ficción.
Pereira se merecía el Premio de las Letras Españolas. Que es el Cervantes a escala nacional. Ese Cervantes que sí ganó y con pleno derecho, Gamoneda. Aquel otro señor de la tarde de Astorga. A Ramón Carnicer, otro gran escritor berciano, le escamotearon el premio de Castilla y León de un modo vil y también merecía el premio de las Letras Españolas.
No tuvieron suerte estos dos grandes autores de Poniente. Ramón tenía su bellísimo castellano, su inteligencia, su ironía y su transparente profundidad. Y Pereira era un fabulador excepcional. Pero no fue suficiente para los opacos sanedrines que reparten los premios públicos.
Pereira tampoco tuvo en vida una edición completa y nítida de sus cuentos magistrales. No pudo ser. ¿Por qué? He oído cosas muy lamentables al respecto, mejor me callo. Pero no existe ese libro indispensable. Ese libro que será uno de los grandes hitos de la narrativa española de los últimos cuarenta años. Porque el tiempo pone a cada uno en su sitio.
Pereira está iniciando su camino hacia el mejor de los premios: el de perdurar en los lectores, el de ser amado por ellos. Todos descubrirán en Pereira un mundo hermoso, leonés y romántico, plenamente universal. En el aniversario de la muerte de Antonio ese libro de sus cuentos completos ya urge. Ha de ser compromiso de todos que exista. En la mejor edición posible. Será su premio Cervantes, su justa ubicación entre los grandes escritores. Los grandes de verdad, no los que se disfrazan de tales y vigilan el cotarro. Y lo quieren todo para ellos.
Sólo son imprescindibles los que quedan, y Antonio Pereira los dejará atrás. Aunque él no quería dejar atrás a nadie. Sencillamente, será su obra quien avance. Sola. Por ahí; por nosotros.