Delibes en la Academia
Fuego amigo | ernesto escapa
El próximo jueves la realeza y los académicos, que no supieron andar listos a tiempo, harán los honores póstumos al escritor Miguel Delibes, que recibió de sus paisanos y lectores la despedida que la gente del común sólo concede a quienes de verdad admira. Bien está que los notables reparen la desconsideración de su ausencia más pronto que tarde, pero la verdad es que casi ni hacía falta. Una semana después, uno de sus hijos leerá el manifiesto de Villalar en el escenario de la campa. Demasiada mecha en el pebetero para un hombre que vivió noventa años sin meterse en enredos. Quizá por eso, a diferencia de otros colegas áulicos, no recibió en vida ninguno de los colgantes nobiliarios que reserva la Corona para los del gremio. Ni títulos ni toisones. Siempre se mostró a gusto entre sus personajes.
Tampoco su paso por la Academia resultó muy provechoso. Después de ser elegido en 1973 a despecho de los candidatos oficiales (García Nieto, Luca de Tena), aprovechó el trámite de la toma de posesión dos años más tarde para un aldabonazo de conciencia, a los que era tan dado, poniendo la mira en los abusos camuflados bajo especie de progreso. Su entrada, sin hacer la ronda petitoria por casa de los académicos (suplió el protocolo con una carta), malogró el empeño de Cela por sentar al sonetista de guardia a su vera y la ilusión del marqués de ABC por compartir honores con su hijo.
Delibes encontró en la docta casa a sus paisanos Marías, Tovar y Alarcos. Poco antes había fallecido el longevo don Narciso Alonso Cortés, académico en el devaluado aluvión de la temprana posguerra. Pero quien no estaba ni llegó nunca era el más grande escritor de su tierra, el poeta y profesor Jorge Guillén. Un año más tarde recibiría el primer Cervantes, aunque no de mano regia, ni siquiera ministerial. Se lo entregó, con el descaro del sobre por delante, un director general que había sido alcalde de Salamanca y gobernador de Albacete en años turbios y sombríos.
Delibes era de una pasta que no le permitía andar perdiendo el tiempo. Y en la Academia recibió el desdén a sus fichas de pájaros y plantas, que Tovar trataba de dulcificar con requisitos de procedimiento. Así que les dijo hasta luego. Había sucedido en el sillón académico a un almirante que se entretenía tejiendo alfombras con gusto. Delibes no estaba para macramés. Por eso, de la sesión del jueves con discursos de la realeza y del jefe de los banqueros, nos interesa el hilo de la ficción, la continuidad de su legado, del que van a hablar los profesores De la Concha y Salvador y el novelista Luis Mateo Díez, quizá su mejor heredero en el manejo de la palabra ajustada.