Diario de León
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Fronterizos | miguel A. varela

Con el tempo propio de la burocracia, el Boletín de la Junta ha hecho oficial lo que desde hace tres décadas no era más que la triste realidad. Desde ahora la pequeña aldea de Santibáñez de Montes, en el municipio de Torre del Bierzo, no existe y los sólidos muros de sus viviendas abandonadas están destinados a convertirse en poco más que un recuerdo remoto de un tipo de vida condenada a desaparecer. Es un caso más de la despoblación rural que en nuestra tierra afecta especialmente a las zonas de montaña, donde el secular abandono y las duras condiciones geográficas han hecho que la vida en ellas no tenga el más mínimo atractivo. Un asunto que en nuestra comunidad ha dado lugar a planes sobre los que la clase dirigente tiene oportunidad de lucir sus florituras dialécticas pero que realmente lo único que ha producido es un desasosegante mapa de pueblos muertos, de cementerios abandonados, de cadáveres que alimentan hierbajos bajo aquella lluvia amarilla de Llamazares. No hay nada más triste que recorrer las callejas vacías de un pueblo abandonado: sentir que entre aquellas piedras alguna vez se amó, se cantó, se celebraron alegrías y se compartieron duelos; comprobar la rapidez con que el tiempo borra las huellas de la existencia humana; escuchar el silencio ensordecedor de la ruina... La aldea abandonada invita a leer a T. S. Eliot («Abril es el mes más cruel: engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos, despierta inertes raíces con lluvias primaverales») y a no mirar hacia atrás cuando la abandonas, como hicieron sus vecinos cuando buscaron una vida mejor en otros horizontes. En el otro extremo, y para que el pesimismo no lo invada todo, la Fundación Prada a Tope acaba de conceder los premios Palacio de Canedo a aquellos edificios destacados por su rehabilitación armónica con el entorno. Es una pequeña pero loable contribución a la mejora de las condiciones para evitar la despoblación.

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