Danza al sol
Burro amenazado | Pancho purroy
Amanece en la llanada verde, de siembras y campos de alfalfa de Los Oteros, cerca de la ermita de San Cristóbal, patrón de Ma tallana de Valmadrigal. El aire de primavera resuena con los gorjeos en el cielo de alondras y calandrias, pájaros pardos cara al viento, y el paspallás de alguna codorniz recién llegada de África. Los cernícalos primillas barzonean sobre las lomas en pos de grillos y saltipajos. El mochuelo, con un ratoncillo en las garras, se refugia bajo las tejas a cebar a su pollada. Por desgracia, tras la tragedia de los gránulos venenosos esparcidos imprudentemente contra el topillo, ni una oreja de liebre se atisba entre los trigales. De repente, el paisaje se adorna con semáforos blancos, parecidos a brillantísimas ovejas: son los machos de avutarda, encelados, los barbones que hacen la rueda intentando atraer a un harén de las pequeñas y pardas hembras que contemplan el galanteo. Los más grandes y constantes en el pavoneo de desplegar la cola conseguirán el premio de las gozadoras cópulas.
Dos zoólogos leoneses, Pedro P. Olea y Patricia Mateo, han estudiado en estos picaderos la orientación de estos despliegues de plumas caudales, visibles a kilómetros en la planicie leonesa. La conclusión es curiosa: siempre el blanco se orienta hacia el sol, para que el efecto visual sea máximo y el galanteador haga el mayor efecto en la tribu de posibles concubinas. Estas danzas al sol ya han sido comentadas en las costumbres de algunos pueblos bien conocidos por los antropólogos. En los pastizales áridos de Zululandia, los varones zulúes llamaban a la lluvia encaramados a un berrocal, teñidos de barro blanco, contorsionándose frente al sol de amanecida. En la isla de Pascua, el sumo sacerdote, revestido de una capa reflectante, enfilaba el horizonte de olas del Pacífico llamando a la ballena blanca, el mítico cetáceo que traería prosperidad a su pueblo, cada vez más hambriento a medida que tala ban el bosque y perdían la tierra de cultivo.