Diario de León
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El baile del ahorcado cristina fanjul

Son como los terroristas que se apellidan en maqueto. Tienen que demostrar que son criminales fetén, que su lucha es más combativa y su odio más feroz, que la muerte de los inocentes no les paraliza, no les detiene, que en su sueño totalitario no hay lugar para la compasión ni para la duda.

Lo mismo ocurre con los franquistas. Porque, lo siento, quien juró los principios del movimiento o dijo amén a cambio de prebendas (que no como salvaconducto para salvar la vida), sigue siendo eso, franquista. Y sin embargo, cuando del régimen sólo queda el recuerdo interesado de algunos y la nostalgia de otros, los hay que esconden en el armario la camisa nueva y sacan el disfraz de guerrillero, casi de chequista. Que un fiscal del «generalísimo» se atreva a insultar a los jueces del Tribunal Supremo llamándoles franquistas sólo puede pasar en España. ¡Si Valle Inclán regresara!. Sólo por su actuación en la Universidad Complutense deberían darle este año a Jiménez Villarejo el premio Don Latino de Hispalis.

Lo malo no es que un grupo de radicales se encierre en un festín que recuerda las sesiones interminables de Koba, el de los veinte millones (está claro que hay gente que no puede vivir sin Franco), lo esperpéntico es que son muchos los que creen que ante la ley hay algunos más iguales que otros, que hay inmaculados, intocables, ángeles que están por encima del bien y el mal y, lo que es peor, que en justicia, a veces, el fin debe justificar los medios. Pues no, ya ven, el imperio de la ley (dura lex, sed lex) debe primar por encima de ideologías y de la moral, incluso por encima de la religión -”parece que Garzón es para algunos dogma de fe-” aunque a algunos no les guste. Pero España se parece cada vez más a una corte de los milagros chusca y hortera y uno de los tres adjetivos: absurda, brillante y hambrienta se ha caído de su blasón.

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