Barcelona del Bierzo
La gaveta | césar gavela
Barcelona, la pala bra mágica. No sé si había otra más mágica cuando yo era niño. Barcelona era el nombre de una ciudad hermosa, lejana, inmensa, misteriosa, catalana, española, mediterránea. Un día vi en la estación del Norte de Ponferrada un inmenso convoy de vagones verde oscuro. Dos potentes locomotoras negras, de vapor, tiraban de aquel tren. Porque eran necesarias dos máquinas para subir el puerto de Manzanal. Cuando la línea férrea aún no estaba electrificada. El tren llevaba unas placas que decían: Vigo-Barcelona. A mí me fascinaba saber que el tren iba tan lejos. A partir de entonces solía acercarme a la estación para ver aquellos trenes. Y a los maquinistas, héroes supremos. Esas personas, me decía yo, pasarán por Logroño, Zaragoza, por la remota Lérida-¦ Soñaba con esa emoción de ser maquinista y de frenar con cuidado un tren tan grande en una estación desconocida.
No sabía entonces nada de Ramón Carnicer, menos aún que vivía en Barcelona. Pero ese dato de su biografía, que conocí años más tarde, me trajo un interés adicional por el gran escritor berciano. Porque uno de los nuestros vivía en Barcelona, nada menos, y desde hacía muchos años. Un cuarto de siglo después paseé varias veces con Ramón por la zona alta de Barcelona. Era como si su memoria de la ciudad me llegara a mí un poco. La Barcelona de aquel joven que llegó en 1939, la de los tristes años de la postguerra. Que Carnicer encaró con dignidad, con talento, con ironía, con su gran prosa castellana. También viví en las palabras de Ramón la Barcelona de los años del desarrollismo, igualmente indignos, pero menos pobres. Y, sin duda, el momento más feliz fue cuando recordó el día en que acompañó a Antonio Pereira al despacho del director de La Vanguardia , donde fue presentado por Ramón como candidato a nuevo colaborador. Y aceptado inmediatamente. Dos villafranquinos eran columnistas semanales del entonces más prestigioso diario de toda España. En Barcelona del Bierzo.
Juan Carlos Mestre se instaló en la ciudad en la década siguiente. Apareció allí siendo casi niño. Era estudiante, se financiaba con la venta de muñecas y abanicos a los extranjeros. En las calles y en los cruceros que hacían escala. Mestre se licenció en Periodismo en Barcelona, y allí perfiló su vocación, su decir, sus trabajos memorables. En la poesía y en la vida. Hace unas semanas, caminé con Mestre por Barcelona. Recorrimos la zona vieja y yo recordé mi primer viaje allí, en febrero de 1977, cuando quedé atrapado por la ciudad. Donde ya brillaba el aura de una libertad nueva. Mestre me pidió que le acompañara al local -”hoy pura ruina-” donde tenía su negocio el mercader indio dueño de los souvenirs que él vendía en la ciudad. Estuvo allí un rato en silencio. Como quien vela. Muchos bercianos tienen la querencia por Madrid o por Galicia. La comparto. Pero también me inscribo entre quienes quisieron saber qué era el Mediterráneo. El mar azul de los griegos y los romanos. De un bercianismo barcelonés. Universal y libre.