El legado del proscrito
Fuego amigo | Ernesto escapa
Las restricciones en el gasto cultural de las Cajas, después de una temporada de barra libre, han provocado un retraimiento que de vez en cuando nos regala sorpresas impagables. Simplemente, quitando el polvo a sus propios fondos. Es el caso de la muestra del legado de Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976), que expone Caja Duero en Salamanca. Esta centena de piezas resume mejor que cualquier otra antológica la travesía del arte español entre 1945 y 1976. Porque fue reunida pausadamente, con sabiduría y complicidad, sin gastar un duro en adquisiciones. A un trienio del centenario de Gaya, la entidad que recibió graciosamente su legado toma cuenta de que algo tiene que hacer para rescatar aquella dádiva de la durmiente clandestinidad. Y como no hay hucha para alardes, empieza por sacudir el polvo al regalo y divulgarlo, mostrando obras de Picasso, de Pablo Serrano, de Tàpies, de Oteiza o Benjamín Palencia.
Pero, ¿quién fue este soriano retratado en su actitud de resistente como lobo numantino? Afirmar que el más prestigioso historiador y crítico de a rte de la posguerra española, no sería gran cosa. Además, ni siquiera lució birrete académico, porque cuando lo ganó se lo hurtaron, y cuando más tarde se lo ofrecieron, lo desdeñó, por no avenirse al trago del preceptivo rodillazo. Así que tuvo que afanarse en labores subalternas, como negro del insigne Gudiol y laborioso redactor de guías turísticas. A pesar de tan cansino tributo de supervivencia, conquistó tiempo para sacar adelante su obra más valiosa. Monografías sobre pintores clásicos y contemporáneos, jugosos panoramas románicos, ensayos teóricos, el inventario de la pintura española fuera de España y el escrutinio de nuestros monumentos desaparecidos.
Había nacido en Tardelcuende y murió en Madrid, en vísperas de la democracia. Su padre fue uno de los fusilados del 36 en Soria. A él le alcanzó una condena de veinte años, de los que cumplió cuatro. Luego, una vida a salto de mata: el largo exilio interior de los perdedores. Gaya Nuño fue, además, un notable narrador. Se estrenó en 1953 con El santero de San Saturio, que sigue siendo el más depurado breviario soriano. Nueve años después publica otro texto de difícil clasificación, Tratado de mendicidad, por el que transita un alucinado tropel de pobres y bohemios. Su única novela, Historia del cautivo (1966), vio la luz en México, circunstancia que condicionó la recepción de un texto poderoso, emotivo y desgarrado. Los gatos salvajes (1968) y Los monstruos prestigiosos (1971) reúnen sus relatos breves, que comparten la misma pauta de una prosa clásica, expresionista y corrosiva.