Gamoneda en Cuenca
La gaveta | césar gavela
Antonio Gamoneda llegó a Madrid el sábado día 1 de mayo. Venía de Buenos Aires, en cuya inmensa feria del libro había participado. Durmió en la capital y a la mañana siguiente viajó hasta Cuenca. Allí le vimos, avanzando por el pabellón que daba cobijo a otra feria del libro, modesta pero no menos imprescindible. La de Cuenca, ciudad que es mucho más hermosa de lo que a veces recordamos. Rodeada de bosques y prados, alzada sobre las hoces del Júcar y el Huécar. Gamoneda no quería faltar en el homenaje que los ayuntamientos de Priego y Cuenca, la Diputación de esa provincia y la Junta de Castilla-La Mancha tributaron al gran poeta conquense Diego Jesús Jiménez, fallecido en el otoño pasado. En la feria, hablaba con todo el mundo; saludaba y firmaba libros. Él es un hombre de una presencia tan honda, que no será fácil encontrar un premio Cervantes más accesible, más sabio y entrañable.
Todo ello, sin dejar nunca su impronta de gran poeta. De artista que penetra con la palabra en la materia primigenia del ser. Una profundidad cordial y melancólica. Experimentada y contada con las palabras de un genio. Empezó el acto. En el estrado dirigía el homenaje Juan Carlos Mestre. Estuvo como es él: cálido, divertido e intenso. Primero hablaron las autoridades, muy bien por cierto. Tanto el alcalde de Cuenca como el presidente de la Diputación, dos hombres jóvenes y, sin duda, lectores de poesía. Poco importa que sean de diferentes partidos políticos. También habló la consejera de Cultura, que leyó una carta de José María Barreda, presidente autonómico. Vino el turno de los poetas. Paca Aguirre, María Victoria Atencia, Guillermo Carnero, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Hernández y otros hablaron de Diego Jesús Jiménez, gran voz de la poesía castellana. Hombre de bien, discreto y libre. Cerró la evocación Antonio Gamoneda, con su voz de profeta bueno, llegado de una nueva Biblia imprescindible. La de la memoria, la justicia y la paz.
Para el final estaba prevista la actuación de tres niñas del instituto de Priego, la villa serrana donde pasaba muchas temporadas Diego Jesús. Y donde cada verano hay un encuentro de poetas y lectores que es un prodigio de convivencia y complicidad. Hubo que hacer un sitio para que se colocaran las niñas, con el piano, y entonces sucedió lo inesperado: Antonio, al resituarse, invadió el vacío y cayó de espaldas -”ruido inmenso-” con la silla, en el suelo. El desnivel era de unos setenta centímetros y allí todo el mundo se temió algo malo. La gran sala se quedó en silencio, en casi pánico. Pero duró poco. Porque enseguida empezó a emerger la figura del escritor, quien tranquilizó con un gesto solemne a los dos centenares de personas que, como poco, asistíamos al homenaje. No pasó nada. Hubo aplausos, comenzó la actuación del trío infantil. Sonó la música tras la música verbal. Al salir, Gamoneda recibió abrazos y preguntas. Le pregunté si tenía alguna molestia, dijo que ninguna. «Y es que yo sé caer muy bien», añadió.