El hombre de los santos
Fuego amigo | ernesto escapa
En Langa, donde nació José Jiménez Lozano un 13 de mayo de hace ochenta años, son hermosísimas algunas mansiones de ladrillo, como la que todavía puede verse en su calle, con pinturas murales decorando las estancias interiores. Pero lo más interesante es la vieja farmacia, que conserva el mobiliario, los útiles de botica y el despliegue cerámico de botamen por las alacenas. Langa es un pueblecito de La Moraña abulense situado en un punto intermedio del triángulo que dibujan Arévalo, Madrigal y Fontiveros. Jiménez Lozano fue amasando su prestigio de escritor como ensayista contra corriente, poeta singular, observador a su aire, y también como narrador de historias incómodas, que con frecuencia plantean dilemas acuciantes, con muchas aristas. Sus libros no se atienen a las hormas académicas y el resultado es que ni los novelistas ni los poetas ni los ensayistas de nómina lo consideran uno de los suyos, sino como un raro escritor que toca todos los palos sin cuidar la correcta señalización de su casilla en el escalafón.
Después de haber salvado momentos desolados, cuando su obra de creación iba viendo la luz a duras penas sólo por la insistencia vigilante de Delibes, al escritor le llovieron los reconocimientos hasta la culminación del premio Cervantes en 2002: Castilla y León de las Letras; premio de la Crítica; Nacional de las Letras Españolas. Una cucaña de agasajos chocante para la discreción de un escritor de culto, que de aquellas rifas apenas sacó en limpio un pasajero mejor acomodo editorial. Aunque tampoco le ha durado mucho. Su libro más reciente, Un pintor de Alejandría, lo publica la confesional Encuentro. A mí me recuerda la novela de Fernández Santos, cuyo título aprovecho para este artículo. Porque su aventura estética guarda parecido con la pesquisa de Lozano.
Ninguno de aquellos sonados repiques alteró los hábitos de Lozano, un tipo poco aprovechable para la pasarela intelectual. Desde hace años el hilván de su costumbre viene siendo el mismo: baja a la ciudad una vez por semana, se cita en el café con los amigos, va de librerías a maliciar novedades, pasea un rato y vuelta a casa. Antes tenía la obligación del periódico, el trámite de los consejillos donde recogía mandas para aquellos editoriales encofrados de retórica. No anda de requilorios ni puestas de largo. Prefiere despedir la tarde en una mesa del bar de la estación, haciendo tertulia con el maestro de su pueblo, entre los ruidos de la megafonía y el trajín de los viajeros, mientras llega la hora del autobús para Alcazarén, donde tiene su casa y su refugio, su pequeño Port Royal de jansenista anacrónico.