Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Clint Eastwood cumplió ayer ochenta años. Y sigue rodando. En otros creadores de edad avanzada, el mérito de seguir en activo se reduce- y no es poco- a una combinación de energía vital con miedo a la inactividad, pero el resultado artístico de sus últimos trabajos ya no está a la altura de los anteriores; sin embargo, en el caso de este actor y director no es así. La vejez le estaba esperando para permitirle contar la decadencia y redención de aquellos héroes que él mismo había convertido en iconos de la violencia. Million dollar baby (2004) y Gran Torino (2008) son películas que no hubiera podido realizar antes, no con la maestría lograda cuando las filmó. Cervantes publicó Don Quijote ya en la cincuentena, etapa más que avanzada para el siglo XVII.

La decepción sobre el ser humano no tiene edad; transcenderla en sentimientos elevados, sí. «Paciencia lo es todo», recomendaba Rilke al joven poeta. ¿Paciencia-¦ para qué? Para hallar oro en esa mina que tantas veces has estado tentado de abandonar. Todos necesitamos tiempo para descubrir lo evidente, incluso lo que ya sabíamos. Frankie Dunn, en Million Dollar Baby, rezando en la soledad de su apartamento, tras haberle sido devueltas -“de nuevo- las cartas que su hija ni siquiera ha abierto; o Kowalski, en Gran Torino redimiéndose, mediante el sacrificio de su propia vida, de un doloroso remordimiento del pasado; ambos personajes fueron interpretados por un Eastwood ya septuagenario, con la sabiduría de quien ha comprendido que, pese al horror y a la maldad que caracteriza a la condición humana, no existe epopeya más digna de ser cantada que la del perdedor, y que no hay mayor heroísmo que perdonar y perdonarse. A veces, la batalla más cruenta tiene lugar en el interior. Larga vida al maestro.

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