Diario de León
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En blanco | javier tomé

Aviso muy serio para los muchachos enamoriscados que pretendan acceder por vía de urgencia al objeto de su devoción amorosa, evidenciando por ejemplo su diligencia en el fregado de la loza u otras manipulaciones de tipo doméstico. Un tema, por cierto, que suele regalar el oído de la ministra Bibiana Aído, genial inventora de ese matiz entre «príncipes» y «príncipas». De todos es conocida la excepcional casta maragata, una suerte de fibra moral demostrada a discreción durante el cerco a Astorga establecido por los franceses. A dicho ámbito geográfico y emocional pertenecen las afamadas hermanas Rabanal, Maite y Laura, venidas al mundo en la Vega del Tuerto para mayor honra del lugar. Hace años, Maite emprendió su particular peregrinaje por el Camino de Santiago, la Vía Láctea de los alquimistas, acompasando el paso al discurrir de un apuesto ingeniero catalán que, vamos a ser claros, no le duró dos asaltos. Porque a base de múltiples argucias y otros ardides femeninos, fue llegar a Compostela y pedirle matrimonio.

Aunque hemos trabajado juntos en distintos proyectos, no conocía personalmente a las Rabanal hasta el otro día en Madrid, cuando se presentaron acompañadas del novio de la pequeña. Laura parece una chica simpática, justo hasta el momento en que se dirigió a su acompañante para enviarle a casa con el objetivo de preparar un pollo al curry que, para más inri, debía estar caliente cuando ella llegase. La Puerta del Sol enmudeció ante el desplante y hasta la Cibeles volvió la cabeza, atónita por ese dedo innegociable que señalaba la puerta del Metro con idéntica certidumbre a la utilizada por Hitler para remitir a los judíos al matadero. Hay que dar la razón a Esther Vilar y su teoría del varón domesticado, pues la naturaleza ha provisto a la mujer con armas muy poderosas que no dudan en utilizar a destajo. ¡Qué grandes son las hermanas Rabanal!

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