Diario de León
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Tribuna | Manuel Arias Blanco

Profesor de Secundaria

Está visto que hoy por hoy la enseñanza está atravesando su especial rubicón, quizá porque la propia sociedad no sabe adónde va, ni tiene horizontes muy claros. Y de rebote recae sobre esta actividad una gran carga -positiva o negativa-, que hay que desembalar cuanto antes.

Ya dije anteriormente que los padres son los máximos responsables de la educación de los hijos. Lo dije y lo sostengo. Sólo ellos tienen los mecanismos básicos para obligar a un hijo al estudio. Es su trabajo. Tiene que quedar claro que en la vida familiar unos traen la «pasta» a casa y otros han de hacerse beneficiarios de ella mediante su contribución. Y la contribución de un hijo en principio es el estudio. Independientemente de si los padres se llevan bien o mal, de si están o no separados, en el paro-¦ Por encima de estas circunstancias está el hijo en edad escolar. Así hay que hacérselo saber. «Vives aquí, comes, te vistes, tienes tu propina-¦, luego tú has de colaborar con tu estudio. Ése es tu trabajo. Cuando tengas 16 años, si no quieres seguir estudios -cosa poco recomendable-, buscas trabajo para que sigas con los «beneficios de la casa». Esto ha de quedar claro pronto, antes de que se pierda el control de la casa. Los padres han de ser vigilantes de que sus hijos estudien -no sólo de que pasen horas en su cuarto-. Para ello se dialoga, se habla con los profesores, etc.

Entendemos que, salvo excepciones, los alumnos deberán cursar, al menos hasta el Bachillerato. ¡Qué menos! Pero puede haber casos especiales, sobre todo por algún problema que se nos escapa. Estos alumnos deberán seguir en la escuela hasta agotar la obligatoriedad escolar.

Siempre dije que un alumno que no es capaz de aprender a leer y a escribir, no debería «pasar» de curso, sino que debería permanecer en primaria hasta la finalización de la etapa obligatoria. ¿Cómo? Quizá en aulas especiales, no con el resto de los alumnos. Pero meterlos en la «rueda» normal de los demás es condenarlos a un fracaso mayor. No parece adecuada su permanencia en Secundaria. Hagamos lo posible en Primaria por «curar» estos casos. Y si no hay fácil solución -serán pocos los casos- pueden seguir en la escuela a ver si se da con la tecla correcta.

Otro problema es el caso de los que «rechazan» el sistema y se niegan a estudiar. Es decir, los que quieren a toda costa ser «analfabetos» en su vida. Allá ellos. Con éstos hay peor solución. Por ignorantes deberían seguir en la escuela, si sus padres no son capaces de convencerles de la necesidad de estudiar. Este problema, tal vez, tenga raíces difíciles de erradicar. En todo caso, estarían en ese grupo de alumnos que no quieren avanzar en el sistema y, por eso, no deberían seguir en él. Antes, en la escuela pasaba lo mismo: quedaban allí hasta que cumplían la edad.

Ahora, el problema de unos y de otros está en Secundaria. Aquí han recalado los que no saben leer ni escribir porque no llegan o no quieren.

Y este mal se va extendiendo de manera peligrosa. Por ello, quizá los centros han de pensar en medidas que atajen este hándicap, si es que se les otorga más autonomía. Mientras la administración no piense en algo de más calado, como podría ser una tercera vía -habilitar aulas para quienes no quieran seguir la enseñanza reglada ya a los 12/13 años-, los centros han de pensar en alternativas. Una de ellas podría ser el disponer de un aula grande donde fueran estos alumnos que ni estudian ni dejan estudiar. Claro, en esa aula debería estar personal especialmente preparado y no profesores, ya que se trata de «vigilar» a unos alumnos que no «quieren» saber nada de la enseñanza. Otra alternativa sería «retomar» la olvidada vía del aprendiz: estos alumnos aprenderían un oficio, aunque tuvieran algunas horas de lengua, matemáticas y cultura general. Esto sería un paso previo a la formación profesional.

En tanto los centros no puedan adoptar medidas razonables con estos alumnos, el profesor deberá ingeniárselas como pueda. Castigos como pérdida de recreo o asistencia por las tardes al centro parece que son los más efectivos, pero ignoro si sirven de algo a una edad en la que sin la colaboración familiar se cambia difícilmente. De otro modo, no se entienden las malas contestaciones, los incumplimientos, etc., sin que los padres colaboren codo con codo con el profesor. Y no clamo por el «palo» -qué cerca está uno, a veces-, sino por el diálogo y el razonamiento en casa. Es allí donde el hijo ha de tener conciencia de lo que está en juego, independientemente de si le gusta más o menos el estudio.

No digo, como algunos expertos, que a partir de los 1 1211 3 años sea poco menos que imposible cambiar. Ni lo creo. Siempre se está a tiempo de dar un giro adecuado y de tomar un rumbo más propicio. Otra cosa es la urgencia de este cambio. Cuanto más se demore, tendrá peor arreglo. Pero es hora, hay esperanza, no podemos arrojar la toalla.

Se puede, siempre y cuando nos pongamos todos manos a la obra. Así que padres -o tutores- no desmayéis y echad una mano al profesor en esta búsqueda de esa tecla oculta que no nos deja ver el amanecer.

La enseñanza ha de ser libre y gratificante. A casi nadie le agrada el trabajo, salvo a los artistas -fútbol, pintura, música, etcétera-. Es un sacrificio más acudir cada día al trabajo, pero lo hacemos por un bien mayor, por nuestra prosperidad e independencia. Esto mismo hemos de transmitirles a nuestros hijos: «tu obligación, hoy, es estudiar; mañana, Dios dirá». Y no hay más que hablar. No podemos a cierta edad consentir que nos toreen, cuando la experiencia nos dice cómo hemos de comportarnos, qué caminos son los más idóneos, qué etapas nos quedan por quemar, etc. Seamos honrados y empecemos a poner las primeras piedras de la educación con toda la firmeza posible. De nada vale pensar en un futuro libre y próspero, si desde el inicio no sentamos unos cimientos sólidos y consistentes. Hay que formarse porque con ello educamos a la persona y avanzamos hacia mejor.

Alguien ha de poner cordura en esta huida hacia delante. Antes, cuando había trabajo, sobre todo en la construcción, se colocaba la gente con facilidad, sin ningún estudio. Total, para poner ladrillos o hacer masa. Pero ese panorama ha cambiado. Ya nunca más -o quizá en mucho tiempo- este trabajo será abundante y tan barato. Es necesario, pues, prepararse, educarse, instruirse. Esto no estaba reñido antes con el trabajo más humilde, pero era así. Ahora la preparación urge, se hace más fuerte, porque la variedad de la oferta así lo aconseja. Por eso, se impone una adecuada instrucción. Y esto es bueno que los padres se lo transmitan a sus hijos. El trabajo fácil ya no está tan al alcance de la mano, conviene prepararse para abordar la gama de tareas que nos pueden ofrecer. Así que la pérdida de tiempo en la escuela no compensa en absoluto.

Acabo con una anécdota ya vieja, que repito año tras año: un médico puede trabajar en un abanico amplio de posibilidades, mientras que una persona sin estudios tendrá que aceptar lo que le den, generalmente lo más bajo. Y no pasa nada. Nadie es más ni menos en función de su trabajo. Si cada uno desempeña con honradez y profesionalidad su tarea, es tan importante uno como otro. No todos pueden ser médicos. Tiene que haber de todo. Pero lo que más clama hoy día en la enseñanza es el escaso respeto que se tiene al profesor. No pinta nada, al menos ante esa generación de «impresentables» que se creen algo cuando lo único que rebosan es ignorancia y descaro. Pensemos que sea algo pasajero, porque si no la enseñanza se convertirá en una guardería sinsentido con un futuro impredecible.

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