Hijos
El árbol del ahorcado cristina fanjul
Me llama poderosamente la atención la facilidad con la que la gente decide perpetuarse, o sea, echar sus genes hacia el futuro. Hay algunos que hasta lo planifican. La cosa es que decides crear una vida, la encierras en una jaula y le das un plazo para que se extinga. Algunos se entretienen más que otros, pero eso es todo. Miran al cielo pensando que así el lodo no se pegará a sus huesos. Sic gloria transit, demasiado rápido, demasiado fugaz. Hay que ser muy inconsciente para poner en marcha la rueda de la muerte y encima creer que es un milagro. Decía Flaubert que la vida es como beberse una sopa de pelos. No hay más remedio que comérsela. Emma se atrevió a levantarse de la mesa y a su alter ego por poco le dan garrote vil. Pues ahí están, estamos, obligando a millones de incautos a tragarse todos los mechones que la miseria va cosiéndonos a la boca. Cultura de la vida, cultura de la muerte. Como si hubiera alguna diferencia. Somos tan ingenuos y elementales que incluso nos empeñamos en llenar nuestras entrañas cuando el sendero de la vida ya sólo consigue bifurcarse hacia la desesperanza. Las hay incluso que se dejen preñar cuando su tiempo ya es cóncavo. Porque de niños todos creemos en las hadas, en que la noria siempre girará, pero... un día descubrimos que somos la suma de nuestras desdichas... La vida se ha convertido en un objeto de consumo. Todos queremos consumir pequeños pinochios que, como dice Paul Auster en La invención de la soledad , sólo se vuelven reales tras salvar a su padre del vientre del tiburón. Lo malo es que nos empeñamos en dejar nuestra semilla en el escualo, y la huida se repite, se multiplica, se reproduce en un ritmo frenético del que nadie se atreve a librarse. Y así, en este santuario de desolación, la única manera de salvarnos del desamparo es abandonar a nuestros hijos, de nuevo, dentro de la ballena.