Diario de León
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Historias del reino margarita torres

Indro Montanelli, maestro del periodismo, regaló a sus lectores obras de deliciosa lectura cuyos títulos genéricos, Historia de Roma e Historia de Grecia, ya lo decían todo. Releyendo sus páginas, divertidas, jugosas, llenas de anécdotas de esas que te llevan a amar el pasado, descubres un camino a la divulgación digno de continuarse. En León, en España, resta por hacer esa otra historia socarrona, que saque los colores a todos los bandos, en la que vencedores y vencidos se entremezclen sin necesidad de cargar las tintas del odio o el rencor. Pero para eso necesitaríamos reencarnar a Don Indro, porque aquí, en cuanto enseñas la patita, algún pomposo autoerigido en Dios del saber y la ciencia te la pisa con saña. Nos falta sentido del humor, señal inequívoca de madurez e inteligencia como pueblo.

Si a sus manos hubiera llegado la historia del apóstol Santiago, cuya fiesta celebramos mañana, habría sacado jugo a la espada, los moros, las doncellas vírgenes-¦y la realidad histórica que se escurre entre el mito. León, más santiaguista que nadie, para eso fue nuestro real patrono guerrero con San Isidoro, debería aprender con tal ocasión que no sólo el Hijo del Trueno compostelano es recordado por los cronistas cristianos sino también por los musulmanes. Resta por editarse esa historia de León vista por los moros, tan importante para conocer nuestro pasado. Para encelarles un poco, rescataremos hoy un par de pinceladas sobre el tema del Finis Terrae a lo Montanelli. Cuentan las fuentes islámicas que a Compostela acudían en tropel seguidores de Allah llegados hasta de Etiopía para requerir el favor del apóstol Yacob, a quien denominaban «el hermano del profeta Jesús», o «el hijo del Trueno». Arribaban éstos a las húmedas tierras gallegas ya por mar, ya atravesando el actual Portugal o, en su defecto, aprovechando la ocasión de alguna campañita contra los leoneses que dejase algo de tiempo libre, como la de Almanzor contra Compostela en el 997. Tanto preocupaba esta devoción a Santiago, al que se demandaban milagros en árabe, que terminaron los que entienden de religión al otro lado de la frontera prohibiendo esta costumbre, extendida hasta el punto de existir algunos ejemplos de procesiones y rogativas al apóstol en la propia Al-Andalus a lo largo de los siglos IX y X. Este otro diálogo de civilizaciones, que nace de la cercanía del humilde, no interesaba a los Omeyas, menos a Almanzor, aunque divertía a los leoneses y gallegos, dispuestos a una sonrisita comprensiva hacia el turista que buenos dirhemes dejaba para la sede compostelana o los albergues de turismo rural de aquel tiempo. Hoy, mil años más tarde, parece que nos sonroja recordar que el Camino a Santiago es un iter de peregrinación y aprendizaje personal y gustamos de colocar Priscilianos, esoterismos varios y chorradas diversas ante la tumba. Como saldrá alguno de esos fatuos de rigodón pensante a la réplica de estas líneas, que tenga ovarios también de burlarse lo mismo de los moros que rezaban en Compostela. ¿A que no hay-¦? Montanelli, si escribiese esta historia, cerraría la pluma con una sonrisa de complicidad en negro sobre blanco antes de contestar un sencillo «no».

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