Diario de León
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Contracorriente miguel paz cabanas

En este país de conspiradores y majaderos parece que se ha montado cierto revuelo con la pretendida (luego desmentida, como tantas veces, y convertida en «sugerencia o propuesta») prohibición de vender bollería industrial y chucherías en los colegios, cuando de todos es sabido que esos productos son puro veneno, bombas de colesterol grumoso que elaboran a gran escala y que vienen acompañadas de un rosario de elementos de nombre críptico y amenazador: conservantes, estabilizantes, potenciadores del sabor (ahí es nada), antioxidantes, colorantes, espesantes y un largo etcétera adobado con grasas vegetales y de manteca de cerdo. Es decir, que lo que comen nuestros retoños es básicamente mierda. Y la reacción de los fabricantes, que a lo mejor pretenden equiparar sus productos a las manzanas que caen de los árboles, se parece a la de esos padres que se enfurecen cuando los niños llevan suspensos o deberes a casa, echándole la culpa al insufrible (al sufridor, en realidad) maestro de turno. Ahora que estamos en crisis, había que aprovechar para recordarle a la gente que, además de suponer un ahorro notable, el pan migado con leche que tomábamos de niños es un excelente desayuno, que sustituye ejemplarmente a los copitos de chocolate, y que más sacian un plátano y dos naranjas que todas esas porquerías renegridas de azúcar que venden en los supermercados. Pensar que un niño puede ser obeso o tener la tensión alta por ese motivo es como para tirarse de los pelos y pedir responsabilidades penales a más de uno. Así ves a esos niños, repantingados y amorcillados en sus casas, pegados a la play station mientras engullen patatas fritas, saturando su cerebro y sus venas de materias orgánicas sospechosas. Pero aquí el único misterio es la necedad de los padres y la primacía de la codicia y el negocio sobre la salud de nuestros hijos.

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