Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

El poder es un ático vacío. Su privileg iada ubicación permite contemplarlo todo desde arriba, pero también más diminuto de lo que realmente es. Zapatero acaba de cumplir diez años como secretario general del PSOE. Soy de los que cree que llegar a presidente del Gobierno fue siempre en él vocación temprana, nunca un destino tardío consecuencia de derroteros imprevistos. Es legítimo. Lo logró, y algunos tuvieron que pellizcarse. Recuerdo que un sindicalista agrario aventuró en una tribuna de este periódico: «¿Rodríguez Zapatero secretario general del PSOE? Ni harto de whisky?». Sólo uno mismo sabe si debe estarle más agradecido a los sueños que se hicieron realidad que a los incumplidos. La respuesta puede ser dura de encarar. Cuando es desempeñado con rectitud, el poder permite corregir injusticias, ahondar en logros heredados, construir y construirse, pero a la vez, hay algo fantasmagórico en su naturaleza: no se desliza, repta; da zarpazos; y su mordedura es mortal. No me importa -dirán muchos- dónde hay que firmar. Lo quiero. Mi tesoro.

El poder -tenerlo, anhelarlo- actúa sobre la naturaleza humana como ese mal de piedra que erosiona las catedrales; y la única forma que se me ocurre de que un gobernante pueda contrarrestar tal efecto es bajarse un rato cada día del propio pedestal y estar con quienes le quieren por lo que es, no porque lo que tiene; también, ha de ayudar el mantener amigos de antaño, no odiar, ni desviarse, tener buenos libros en la mesilla de noche-¦servir más que servirse, porque el ser humano es siempre más que su cargo y sus cargas. La democracia no puede quedar reducida a la lucha por la posesión de dicho ático vacío que es el poder. Vacío, incluso cuando está lleno. Y a, ya -dirán algunos políticos- pero son tan hermosas sus vistas-¦

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