Diario de León
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Irreverencias | c. chamorro

Cuando leo o escucho los datos a cerca de temas como la edad de la primera re lación sexual, consumo de alcohol en los jóvenes, de drogas u otros de similar tenor, a veces tengo la sensación de que vivo en otro planeta o de que alguien no dice toda la verdad. Desde que tengo recuerdos de esos datos, obtenidos lógicamente a través de muestreos y encuestas, la edad media de la primera relación sexual ha ido bajando de forma tal que calculo que, a ese ritmo, en unas dos décadas estará en torno a los 5,3 años. Extraordinario, en todos los sentidos. Vamos a un suponer. Imaginemos que a la empresa en cuestión le encargan recabar ese dato de la primera relación sexual. Supongamos que los encargados tienen que realizar x cientas encuestas y que para ahorrar tiempo y esfuerzo, perdón, para optimizar, se van a la salida de un colegio. Allí -seguimos suponiendo- preguntan al primer joven o jóvena (lo siento, mi admirada Aído, esta cita no es tuya, se te adelantó unos cuantos años Carmen Romero, ex de González) por el tema, el cual, después de unos instantes circunspecto, contesta una edad. Aprovechando la concentración de alevines pregunta al de al lado que, ya más desenvuelto, rebaja la cifra en unos meses, faltaría más, porque él es más espabilado. Pero es que el siguiente, que está justo al lado, entrando en una situación de excitación, como si estuviéramos en una subasta en Sotheby-™s, pero a la baja, o sea, como en la lonja de Cudillero, rebaja aún más la edad; y así hasta el infinito y más allá. Cuando los currantes encuestadores obtienen la media, la edad se ido a la baja hasta cifras que dejarían en entredicho a los Australopithecus, que ante la penuria de esperanza de vida se tenían que poner al tema a edades infantiloides para lo que se estila esta semana. Así, los chicos españoles tienen su primer relación a los 16 y pico. A todo esto, el joven que escucha esta noticia se empieza a sentir como un auténtico gilipollas, porque a sus 17, 18 ó 20 no se ha enterado de la historia, con lo que empieza a entrar en el bochornoso terreno de lo «anormal».

Seguimos en el suponer y supongamos que ocurre algo parecido con el alcohol, comienzo y frecuencia: «pues yo siempre me tomo un par de cubatas después de darle un meneo a la churri. Dos o tres por noche (de cada cosa)», dice Manolín a sus 14 años, rodeado de coleguis tan experimentados o más que él, a un encuestador que asiente arrobado mientras toma nota del dato para lo del alcohol y para lo otro. ¿Y de la droga? La mayoría, con 10 años, ya han esnifado hasta las rayas de los pasos de ce bra. No convirtamos lo anormal en lo normal, porque nos volveremos todos locos. Y porque es mentira.

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