Crisis del socialismo catalán
Panorama | antonio papell
La vieja crisis de identidad del socialismo catalán ha estallado públicamente, y de forma abrupta: el todavía conseller de Economía, Antoni Castells, uno de los personajes más relevantes de la formación y líder de llamado sector catalanista, ha renunciado a ir en las listas del PSC al Parlamento catalán en las elecciones de noviembre, y a repetir por tanto como número dos por Barcelona, tras el propio Montilla. Su decisión, anunciada en sendas entrevistas en los dos periódicos que se editan en catalán, «Avui» y «El Punt», ha sido públicamente respaldada por Ernest Maragall, conseller de Educación. En ellas ha denunciado una vez más «las servidumbres» del PSC respecto al PSOE.
Castells no se va de la política, sino que su intención es tratar de formar una mayoría de su tendencia en el seno del PSC. La ruptura, que tiene lugar tras un proceso de discrepancias con la dirección, se hizo ya irremediable cuando, tras la sentencia del Constitucional, defendió sin éxito en la Ejecutiva socialista que los diputados del PSC mantuvieran en el Congreso de los Diputados un pronunciamiento acorde con la resolución de protesta acordada en el parlamento de Cataluña, rompiendo si era preciso la disciplina de partido. También en aquella ocasión, Ernest Maragall apoyó su postura frente a la de todos los demás intervinientes. La posición de Castells irritó al núcleo duro del partido, que incluso hizo circular el nombre de Laia Bonet, actual secretaria del gobierno de la Generalitat, como la nueva número dos del PSC en la lista de Barcelona. Tras varios encuentros con Montilla, el acuerdo con Castells ha sido imposible. Para centrar esta crisis, conviene recordar otra en sentido inverso que tuvo lugar cuando Pasqual Maragall llevó a su partido al pacto con ERC e ICV, a la firma del Pacto del Tinell y al tripartito en 2003. Entonces un grupo de notables personalidades de la izquierda catalana fundaron un movimiento cívico, «Ciutadans», para protestar por la deriva del tradicional catalanismo que siempre había exhibido el PSC hacia posiciones claramente nacionalistas, que sobrepasaban incluso en radicalidad a las de CiU. Aquel movimiento, ya con gentes distintas y sin participación de sus fundadores, se convirtió después en un partido irrelevante, pero su génesis estuvo en una crítica fundada y razonable en que ya planteaba el dilema que sigue todavía abierto. Tras la retirada -forzosa- de Pasqual Maragall, Montilla, con menos envergadura personal, ha intentado moderar tal deriva pero sus hipotecas con ERC y la propia inercia de su posición se lo han impedido. Hoy su situación es pa tética, puesto que se le ve incapaz de contrarrestar la absurda acusación de «sucursalismo» que le lanza maliciosamente Artur Mas a la menor oportunidad.
Los socialistas, en Madrid y en Barcelona, deberían aclarar con franqueza esta ambigüedad. De momento, la deriva del PSC va a proporcionarle, parece, los peores resultados de su historia. Y es evidente que el PSOE, uno de los dos grandes partidos que vertebran el Estado, debe tener en Cataluña su federación coordinada y en paz, sin perjuicio de las singularidades que son propias de un modelo autonómico como el nuestro. Se equivocaría, en fin, Montilla si llevase estas dudas a la campaña electoral, en la que su clientela espera respuestas a la crisis y no cansinos y aburridos debates identitarios