Fútbol corrupto
En blanco | teodoro león gross
El gran Cuco Cerecedo, en su Sociología insolente del fútbol español , indagaba en la compra de partidos, a veces más adulterados que la ginebra de garrafón, concluyendo que «si los espectadores conocieran los manejos del fútbol, comprenderían el ridículo de pelear por unos colores». Ahora reaparece esa sombra con el Caso Brugal, pero por alguna razón la afición en España ha decidido siempre mirar para otro lado incluso ante el comportamiento repugnante de algunos jugadores teatralizando los apaños con desafiante descaro. Tras cada escándalo, un espeso silencio entierra los ecos como sucedió con la penúltima denuncia desde Tenerife o aquel otro que declaró un ajuste con la Federación dejándose ganar por el Athletic. La consigna es, al parecer, no mirar bajo las alfombras. Estos últimos años se ha investigado a cuarenta clubes británicos; la Juve cayó a la serie B por la compra de partidos en el Moggigate , con otros grandes; en Alemania, el escándalo del árbitro Robert Hoyzer, tras confesar sus enjuagues, destapó una nueva trama fraudulenta de apuestas con extensiones balcánicas; otrosí en Polonia; el presidente del Oporto ha estado en el calabozo; en Francia se produjo el escándalo del Olympique de Marsella, con sobornos y resultados a la carta que acabaron con el ex ministro Tapie en prisión y después de todo eso ¿hay que creer que en España no ha pasado nada? El fútbol español no es refractario a la corrupción; es refractario a la verdad. Y al imperio de la ley, tanto que la compra de partidos aún naufraga sin tipificar en el oxímoron cenagoso de la justicia deportiva. Desde ampliar la Liga para salvar a dos equipos justamente descendidos al indulto escandaloso al Barça por la noche de los cristales rotos sobre Figo, una y otra vez es papel mojado. Pero esa larga ausencia de higiene moral deja un rastro de hedor inocultable.