Gran invento
Al trasluz | eduardo aguirre
En los bares de León, el periódico y la tapa corren por cuenta de la casa. Me chocó cuando llegué a esta tierra y aún me sigue chocando. Gran invento la prensa. En nuestra hostelería, todo lo referente a su lectura se rige por leyes no escritas, hasta que urge improvisar una norma de uso, como han hecho en el Piscolabi , donde figura el siguiente cartel: «Todo cliente que pase más de treinta minutos leyendo el periódico deberá leerlo en voz alta para los demás clientes». En todos los locales, lo habitual es -”entre sorbo y sorbo-” limitarse al picoteo de titulares, sin embargo, hay quienes caen sobre el ejemplar y ya no lo sueltan hasta que han memorizado incluso los avisos por palabras de Madame Ramona. Me confiesa con sana ironía el propietario: «Algunos, después de haber estado toda la tarde con el Diario de León todavía te preguntan a qué hora juega el Barça». Si en los bares se leyese cada día en voz alta el periódico proliferarían los temibles catedráticos de barra, que de todo disertan pero de nada saben, pero también afloraría un nuevo siglo de oro del humor, un filosofar que ahora permanece oculto, una proclamación sobre todo aquello que de verdad importa a la sociedad, en definitiva, una democracia viva y vivificadora. «¿Es de la casa?», te interrogan a poco que apoyes tu propio ejemplar sobre el mostrador, y a mí me gusta contestar: «No, pero puede usted cogerlo, porque soy pariente de la criatura». Sólo hay un placer mayor que hojear el periódico en el bar: comprarlo tú mismo y leerlo recostado en el sofá de casa, mentando árboles genealógicos, soltando exclamaciones celanas, dándole al entrecejo, en fin, pasando revista a la actualidad, con la sensación de que esta se te cuadra con un «a sus órdenes, mi sargento». Con tapa o sin ella, qué gran invento la prensa.