Alicatar el monte
Fronterizos | miguel Á. varela
De la misma forma que Manuel Vicent arranca la temporada con su esperada columna antitaurina, los escribientes del Bierzo guardamos para el verano nuestro puñado de líneas sobre los incendios forestales, ese juego perverso tan propio de la época en el que, año tras año, todos vamos perdiendo un bien común de valor incalculable que alguien se debería molestar en calcular. Al lado de las notas oficiales sobre hectáreas calcinadas, recursos invertidos en extinción, peligros para propiedades, poblados e incluso vidas humanas, invariablemente surge el juego político, la nota altisonante, la solución mágica para un problema en el que se conjugan demasiados elementos como para tener una sencilla solución. El monte arde, básicamente y salvo muy pequeñas excepciones naturales, porque alguien lo enciende: a mala leche, por descuidos imperdonables, por patologías difíciles de entender pero comprensibles desde la ciencia médica, por intereses oscuros o bastante claros, por desidia o por pura imbecilidad genética. Y creo que, sobre todo, el monte arde porque a muy pocos les interesa, al margen de melancólicas quejas urbanitas. Nadie aprovecha el monte. Ningún ganado limpia los brotes verdes que se agostan en verano, ningún pueblo abre caminos, poda y usa la madera, escarba entre las peñas en busca de la hierba sanadora. Nadie lo hace porque el mundo rural ha muerto y los tejados caen sobre sus últimos vecinos, cabezas blancas incapaces de enfrentarse a una naturaleza que les sobrepasa. Y en ese contexto no faltan geniales ideas como la que el ex ministro de Agricultura con la UCD y catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid Jaime Lamo de Espinosa ha lanzado: que los Ayuntamientos vendan montes públicos para combatir el déficit. Una solución ideal en el marco del llamado (ignoro porqué) neoliberalismo, que acabará con el fuego mediante el expeditivo método de alicatar el monte.