Diario de León
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Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

Escritor

El avistamiento reciente de ejemplares de oso pardo al norte de la provincia de Burgos y en el término leonés de Vegacervera, así como anteriores detecciones tanto en la parte occidental como en la parte oriental de la cordillera cantábrica, indican que hemos pasado de la regresión o peligro de extinción a la de expansión de la especie. No cabe duda que ello es debido a las medidas urgentes que comenzaron a aplicarse en toda la zona cantábrica desde junio de 1990 con el Plan de Conservación del Oso Pardo y a la labor de la oenegé Fundación Oso Pardo. De ello nos congratulamos como así lo estará San Francisco de Asís en sus sagrados aposentos.

No tengo la fortuna de haber coincidido nunca con este plantígrado en su hábitat, como le ocurrió por los Ancares leoneses hace unos cuantos años con el consiguiente susto a mi amigo Julián, peluquero, medallista del trabajo e infatigable trotamundos y trepador empedernido por las cumbres leonesas. Como la mayoría de los mortales me he tenido que conformar con verlos en el circo o en la calle al son de una trompeta gitana, si exceptúo la visita obligada a la cautiva y ya finada osa Petra del Parque de San Francisco, cuando por los sesenta del pasado siglo iba a ver a mi novia a Oviedo. Y, en otro orden de cosas, a los tantos y tantas que hacen el oso con frecuencia, aunque no se llamen Úrsulas ni Ursinos, pero, ¿quién no lo ha hecho alguna vez? Si bien la caza del oso no se permite en suelo patrio desde 1973, por declararse especie protegida, de 1980 a 1987 murieron al menos ocho osos en la provincia de León, la mayor parte de ellos envenenados por quienes ven amenazados sus ganados o sus colmenas.

Retrocedamos en el tiempo. Todo el mundo sabe que allá por el siglo VIII, a Fáfila, segundo rey de Asturias, lo mató un oso. Y es que desde siempre el rey o el gran señor se ha desvivido por tres pasiones: el amor, la guerra y la caza. La montería, caza mayor o arte venatoria, en especial del oso y del jabalí, era el pasatiempo que más convenía a los señores de la corte. Al tener que salvar escollos y dificultades, robustecía el cuerpo para la guerra en tiempo de paz y, a la vez, despejaba la mente para las responsabilidades de gobierno. Carlomagno la consideraba «auxiliar obligado de la política», recomendación que ha cundido muchísimo hasta nuestros días. A la práctica de la montería se dedicó con entusiasmo nuestro Fernando II. Su hijo, Alfonso IX, en los fueros otorgados a Ribas de Sil, en 1225, dispone que los vasallos están obligados a correr el monte al señor que tuviese tierra, un día en invierno, otro en verano y un tercero en otoño, agregando que si matasen algún oso dentro de sus términos, debían de entregar a aquél sus manos, so pena de pagar tres cañadas de vino y tres cuartos de centeno. Cuando en octubre de 2004, acompañado por cuatro estadounidenses que corrieron con los gastos, el rey don Juan Carlos fue a cazar osos a la tierra de Drácula, en la región de Covasna al pie de los Cárpatos, se levantó una trifulca en Rumanía condenando la actitud del monarca español. El periodista rumano Nicolae Daramus publicó en El Cotidianul: «Los emigrantes rumanos que van a recolectar fresas a España son tratados como homínidos, no como humanos. Ahora les llegó el turno a los animales salvajes. El rey mato nueve osos, entre ellos una osa gestante. Otros dos animales quedaron malheridos de bala azul».

Siendo la caza mayor un arte para uso casi exclusivo de la clase aristocrática, fueron precisamente los reyes quienes se encargaron de escribir, redactar o encomendar libros sobre esta práctica. Alfonso X, el Sabio, se ocupa de ella en Las Partidas . Pero es entre 1342 y 1489 cuando se escriben en la península ibérica tres importantes libros o tratados dedicados plenamente a la montería, únicos de los que ha quedado testimonio escrito en ese período medieval. Son, por orden cronológico: el Libro de Montería , de Alfonso XI, en castellano; el Livro da Montaria , del rey Jo£o I de Portugal, en portugués; y el Tratado da Montaria , anónimo castellano del siglo XV. El primero, que es el que más nos interesa, esta dividido en tres partes, la más importante es la tercera, por ser un práctico atlas cinegético aplicado a la caza mayor, particularmente del oso y del jabalí. El autor hace un recorrido por lo que era entonces el Reino de León y Castilla. Parte desde la frontera con el Reino de Navarra, sigue el camino de Santiago hasta Galicia a través de la cordillera Cantábrica, da un salto hasta las montañas del centro de la península, para luego seguir por Extremadura y acabar por las sierras de Andalucía limítrofes con el Reino de Granada. Para dar una idea del número de montes inventariados, bastaría decir que de la provincia de León se consignan más de ciento veinte, con sus respectivos nombres y las correspondientes «armadas» y «vocerías», esto es, los apostaderos de los cazadores y asiento de los de los alanos y sabuesos. En la descripción se indican, con escrupulosa minuciosidad, los topónimos mayores y menores (algunos de ellos de origen ursino, especialmente en la zona de Riaño) por donde habita el oso y frecuenta el jabalí, las mejores épocas del año para cobrarlos y las zonas más propicias dentro y fuera del monte para situar las «armadas» y las «vocerías». La descripción, extraordinariamente prolija y monótona, se ameniza de vez en cuando con el relato de alguna aventura o anécdota cinegética para no hacer demasiado tediosa la lectura. Lo que hoy asombra y emociona de la misma es la abundancia del oso por tierras hispánicas en el siglo XIV. Sin ir más lejos, Alfonso XI nos habla de osos a las mismas puertas de la capital leonesa, concretamente, en Camposagrado. Esta elevación a veinte quilómetros de León, repoblada de pinos inmediatamente plantados tras la guerra civil, fue antiguamente tupido bosque de roble, haya, acebo o castaño, donde se desenvolvían a sus anchas los osos, tal y como lo describe el libro en uno de sus pasajes: «Val Semana (Valsemana) y Val de Cadiellas (Cabanillas) y Val de Poyán es todo un monte, y es bueno de oso en verano y de puerco (jabalí) en invierno. Y son las vocerías, la una por encima de de la Loma de Val de Cadiellas; y la otra a los Pozos de Colinas hasta el Cillerón. Y es la armada en Campo Sagrado, y otras dos armadas al río Vernesga, la una a la boca del Val de Cadiellas y la otra a la boca de Val Semana».

Al entrar las armas de fuego en el deporte de la caza se rompe paulatinamente el equilibrio en la lucha y el contacto directo entre el hombre y la bestia. Distanciado el músculo y desactivada la inteligencia en el enfrentamiento con la presa, desparece todo lo que había de arte, de ciencia y de épica. Como remedo quedan sólo, a campo cerrado, las corridas de toros, hoy en trance de extinción. Por otra parte, la montería deja de ser arte monopolio de los reyes y grandes señores. Queda sólo como pasión de los aficionados, como pasatiempo de los ociosos, como necesidad de los humildes, como ocasión para compadreo entre bermejos y garzones; y porque todavía en otro aspecto hay delito, quedan los cazadores furtivos pecadores de la tendencia a hacer las cosas fuera de la ley.

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