La villa de los outlets
Con viento fresco josé A. balboa de paz
La villa orensana de Allariz es, en la propaganda nacionalista, la niña bonita, el mascarón de proa de su urbanismo, la síntesis de su buen hacer galleguista. Hay algo de cierto pues tanto Anxo Quintana, que fue alcalde antes que parlamentario del BNG, como Francisco García, verdadero cerebro de los cambios y luego alcalde, han logrado trasformarla positivamente. La villa alaricana tiene un aspecto envidiable con sus empinadas calles empedradas y limpias, sus casas graníticas restauradas, el río Arnoya acondicionado en sus márgenes, por el que navegan pequeños barquichuelos. Es la síntesis perfecta entre ecología y urbanismo, quizá porque la ecología, la depuración del río, fue en 1989 el revulsivo que hizo que unos jóvenes tomaran el poder en un pueblo otrora votante del PP. Sin embargo, yo no atribuiría tal urbanismo a ningún partido, imbuido de no se sabe qué ciencia infusa, sino a personas que, desde sus cargos municipales, han sabido dirigir con acierto y eficacia los destinos de su municipio.
Antes de la conquista nacionalista había mucho hecho, pues ya en 1971 la villa había sido declarada conjunto histórico-artístico. Conocí Allariz a principios de los sesenta del pasado siglo cuando estudiaba en un colegio salesiano, hoy reconvertido en instituto. Ya era entonces una villa encantadora y monumental, con el monasterio de Santa Clara y la iglesia barroca de San Benito a su lado, cerrando el Campo de la Feria. Tenía y tiene cuatro iglesias románicas: las de San Pedro, Santa María de Vilanova, Santiago y San Esteban, y el elegante puente medieval sobre el Arnoya, con sus arcos apuntados. Sus calles empedradas estaban más sucias, pues había bosta de vaca por todas partes, como correspondía a un pueblo de campesinos. Aún resuenan en mis oídos los chirridos de los carros chillones, que lentos bueyes y esforzadas vacas arrastraban por las empinadas cuestas de aquellas calles que descendían hasta el río; aún veo los relejes de las ruedas sobre el granito por los que corría el agua en los días de lluvia.
He vuelto muchas veces por ese y por otros pueblos, igualmente hermosos, del valle del Arnoya, como Santa Marina de Aguas Santas, Espadañero de Ambía, Baños de Molgas; y de sus alrededores, como Celanova. Me atrae la nostalgia y el patrimonio histórico, la belleza paisajística y la gastronomía. Estuve el pasado domingo. Me llamó la atención la enorme afluencia de gente que paseaba por sus calles. No habían venido sólo a la fiesta de la empanada sino a comprar en las numerosas tiendas con que se ha dotado la villa en estos últimos años. Utilizando viejos casonas reconvertidas en comercios, se han abierto numerosos outlets, de las marcas más prestigiosas y conocidas de la moda. Allí están Roberto Verino, Antonio Pernas, Adolfo Domínguez, Mássimo Dutti, The Athlee-™s Foot, OBDM y un largo ecétera de quince o veinte grandes firmas que atraen a un publico de todas las edades, preferentemente juvenil.
Son estos oulets (comercios especializados en la venta de productos de marcas famosas, ya defectuosos o descatalogados a precios muy inferiores a los habituales) los que han cambiado la vida laboral de Allariz que, con la crisis de la agricultura tradicional, estaba en decadencia. Lo interesante aquí es que se trata de una iniciativa privada pero con apoyo público, ya que según me decían en una de las tiendas, crear una red comercial en la villa fue un requisito para recibir fondos europeos. Ésta sí que ha sido una iniciativa digna de elogio. No se trata de crear en algunas de nuestras villas leonesas, tan monumentales y decadentes, un comercio semejante al alaricano. Se trata de que nuestra sociedad reaccione con brío y sin lamentos ante la decadencia de nuestros pueblos con iniciativas nuevas, y que los políticos, en lugar de las estériles disputas a las que nos tienen acostumbrados, sean capaces de dirigir con eficacia los destinos de los municipios que gobiernan, con políticas inteligentes creadoras de empleo y riqueza. Si no, ¿para qué nos sirven?