La opinión del lector
Sobre el fallecimiento de Carlos Hugo de Borbón
En relación a la noticia publicada en el Diario de León el pasado 19 de agosto sobre este asunto y como persona interesada en la historia reciente de nuestro país quisiera puntualizar algún extremo de la noticia (los cuales cito entre comillas): en primer lugar, decir que el difunto ex príncipe Carlos Hugo no ostentaba desde los años 70 del pasado siglo la condición de «heredero de la Casa Borbón y Parma» ni «jefe de la Casa Ducal de Parma», como refiere la noticia, ni título ni condición alguna asociada al reclamante carlista del trono de España, pues independientemente del distanciamiento de los fundamentos doctrinales que legitiman, entre otros, al Rey Legítimo, él mismo renunció, llegando a «reconocer como su rey» (sic) en repetidas ocasiones, al actual Jefe del Estado, don Juan Carlos de Borbón. A mayor abundamiento en este hecho, el propio Partido Carlista del que fue Presidente y con el que rompió toda relación política desde hace más de 30 años se define como republicano, es decir, ni este «le reconocía como rey». Ante la defección de don Carlos Hugo de los principios de la legitimidad, se ve en la obligación de asumir la Regencia, su hermano, el actual abanderado de la tradición, don Sixto Enrique de Borbón y Parma, el cual, en tanto que alguno de los hijos del fallecido asuman la plenitud de derechos y obligaciones que corresponden a la dinastía legítima, recogidos en el real decreto promulgado por don Alfonso Carlos el 23 de enero de1936, continuará en dicha posición.
Diego Santos. León
Sobre un bien inutilizado y otros servicios públicos
Con frecuencia se oye: «Estamos en democracia, somos libres». Pero, ¿para qué: la democracia? ¿Para hacer el daño que se nos ponga en la cabeza? A mi entender: como cualquier régimen, es el de respetarnos y respetar las cosas. Nos quejamos de que los ayuntamientos suben los impuestos y no les falta razón. Si un día acordaron en pleno construir un servicio que el pueblo solicita como necesario, indudablemente que el costo disminuye de los fondos contables. Y el o la solicitada se coloca para el servicio del pueblo. ¡Todos contentos! Algunos porque la destrucción supone esfuerzo y ruidos, perdura. Si se trata de un surtidor, caño o fuente en un parque o zona de reconocida concurrencia y el esfuerzo para la destrucción no fue lo citado: «¡zas!», el caño deja de ofrecer al sediento público, el líquido refrescante haciendo reflejar en el rostro, la amargura. El río Bernesga, paseo de Silván, La Chopera se expone a que la fuente deje de ser; las mesas aparezcan cubiertas sus planchas llenas de cáscaras de pipas y, por si eso es insuficiente, una señora sube su mascota y sobre ella comienza a dar el alimento a su chucho. Alguien dice: «Esto no lo manda la democracia». Y nosotros que lo aguantamos todo no protestamos. De ahí que, con nuestro silencio, los que tienen la obligación de impedir todos los desmanes, no se enteran; de ahí también la suposición de que la democracia marcha bien y de color de rosas como calificativo subido de tono. Santiago Francisco Benavente y Valencia. San Andrés del Rabanedo
Soy asiduo escritor de esta sección. En varias ocasiones he dado eco a mis críticas a través de este medio. Hoy, tras un verano de bolsillos vacíos y vacaciones forzadas por desempleo, quiero lanzar un mensaje de unidad, de fe y de humanidad ante el inicio de esta temporada que tenemos por delante que, ojalá me equivoque, pero todo indica que será la más dura que muchos hemos vivido nunca. No sabemos lo que nos espera y, en muchos casos, no estamos preparados para afrontarlo, pero sólo desde el cultivo de los valores humanos, el apoyo mutuo y la confianza de un remedio próximo lo podremos afrontar. Nadie olvide que se puede vivir un mes sin comer, cuatro días sin beber, pero no se puede vivir ni un solo segundo sin esperanza.
Alejandro Esteban. Madrid