Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

En Brasil, un movimiento ciudadano está reclamando que la felicidad sea reconocida como un derecho constitucional. La propuesta -”la he leído en este periódico-” ha llegado a la Cámara Alta y ya hay establecido un debate oficial. Hermoso reto destinado al batacazo, como todas las grandes aventuras del corazón humano desde que el mundo es mundo, incluso desde antes. Inevitablemente, alguien levantará el dedo y dirá: «Lo primero ha de ser definir en qué consiste tal sensación», pero será un pésimo comienzo, pues la felicidad, al contrario que las casas, hay que comenzarla por el tejado; otro propondrá: «Organicemos una comisión», y será el principio del fin; incluso no faltará quien sentencie: «No existe, ni ha existido ni podrá jamás existir». Pero incluso si fuese así, su inexistencia tampoco sería razón para renunciar a la búsqueda, más aún, hasta podría servir de incentivo. Se halla lo que se busca, exista o no, pues tu corazón lo concibe específicamente para ti, sea el éxito, el unicornio o la piedra filosofal. Un país que cree en la felicidad la encuentra, aunque sea a ratos. Las brasileñas creen que mover el trasero alegra el día y, a base de zimbrearlo a todas horas, han logrado alegrárselo ellas, a los brasileños y a quienes no lo somos. Más que un estar es un ser, y lo siento por lo ingleses, que no diferencian entre ambos verbos. En España ¿creemos en la felicidad? Cuando gana la Selección Española, sí; por lo demás, nuestro país pasa por una mala racha, diversas quiebras nos afectan, no sólo en la economía. Ningún tiempo pasado fue mejor, lo sé, pero vivimos un presente de valores agónicos. Sin embargo, pese a todo, a poco que se nos motive, enseguida desempolvamos el yelmo y salimos tras aquello que quizá no existe, pero si se busca-¦ lo encuentras.

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