Tareas del hogar
En blanco | javier tomé
A la mayoría de los varones de mi generación, por no hablar de las anteriores, nos criaron bajo unos parámetros filosóficos que consagraban el derecho natural del hombre a ser vago. Pero, afortunadamente, las cosas han cambiado y haciendo de la necesidad virtud, el antaño dueño y señor del hogar tiende ahora a convertirse en todo un cocinillas especialmente diligente con la loza. Una ética de servicio forzada en la mayoría de los casos a golpe de ultimátum, pero que contribuye sin duda a la Felicidad Interior Bruta de la pareja. Según diversos estudios, la nueva vocación masculina de dedicarse en cuerpo y alma al cuidado y gobierno de sus casas y familias tiene mucho que ver con la tremenda situación económica que estamos atravesando, ya que las personas en paro se igualan al promedio de dedicación de las mujeres y destinan casi cuatro horas diarias al cuidado del hogar. Semejante subidón de éxtasis vital se ha traducido en cifras que demuestran que los hombres dedican 45 minutos más que hace siete años a pasar la mopa y planear unas fabadas capaces de hacerte cambiar de partido político.
Y ya no es motivo de burla y vilipendio, como desgraciadamente ocurría antaño, que el varón del siglo XXI te valga lo mismo para un roto que para un descosido. Así que en lugar de irse de pintas con sus amigotes de parranda, ha entregado la cuchara en toda regla y bajo su tutela arden los fogones hasta el punto de convencerse y convencernos de que aunque el mundo sea un desastre, está lleno en realidad de buenas cosas. Al fin y al cabo, lo que cuenta no es el tiempo que vives, sino cómo te lo pasas. Y la corresponsabilidad familiar ya es un hecho cierto, bendecido por la ley y consagrado por el uso. Ya lo dijo el arquitecto Oscar Niemeyer, tan sabio y veterano él; «La vida consiste en tener un mujer al lado y que sea lo que Dios quiera». Pues eso.