Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna | María Dolores Rojo López

escritora

La estrella de Belén tiene nombre propio y es Andreíta. A pesar de parecer un título adecuado para las festividades navideñas, y lejano a las épocas en las que todavía nos encontramos, tiene relación con el brillo que la nena ha traído a la vida de su madre. Desde su nacimiento, Belén no necesita presentación. Nadie en este país, e incluso en otros cercanos, deja de saber quién es ella y a que debe sus méritos. Y aunque nos pese, alguno debe tener para ser tan conocida y haber armado tanto revuelo durante tanto tiempo. No deja de ser curiosa la circunstancia de su inmensa popularidad. Han existido, desde siempre, madres solteras de famosos, embarazos casuales más o menos ocultos, hijos extraconyugales que salen a la luz cuando son ya mayores y un sin fin de casos de infidelidades que terminan en bautizos. Reyes, príncipes y prelados de alta condición han sucumbido a circunstan cias similares desde todos los tiempos. Cantantes, actores, políticos, empresarios y un sin fin de la llamada «gente bien» que sin hacer honor a su nombre, con deslices semejantes, los han protagonizado en el anonimato.

Lo que sin embargo pocas veces hemos visto es que historias de cama que tienen como resultado un hijo mantengan tanto tiempo, con el mismo único motivo, a la que intenta defender su honra ante el deshonor de ser abandonada frente a todo un país que la aclama como si fuese una heroína. No me cabe duda de que no lo es y si no, preguntemos a tantas y tantas madres que se han visto en esa misma situación sin tener ningún recurso económico ni afectivo. Tampoco dudo de la gente que la venera, ni creo que sean incapaces de ver el escenario que, más allá del sufrimiento que haya tenido víctima de desprecios y sinsabores, se ha montado en torno a ella. Por ello pienso que su éxito debe venir de otra parte. Y es que el triunfo de la Esteban no es el de ella sola, sino el de todos los mortales de a pie que nos sentimos identificados con una historia que solamente hace que reiterar el consabido abuso del rico sobre la pobre, del famoso sobre la chica vulgar o del señorito con la criada.

Con ella se produce una especie de catarsis colectiva donde parece que estamos haciendo justicia por los siglos de los siglos en los que estos abusos se han silenciado como mejor la forma de ignorarlos. Pero lo sorprendente es que el caso de la Esteban nada tiene que ver con abusos, maltrato, ni forzamiento. Sin embargo, pareciese que hubiera sido así y la reiterada y larga protesta de la víctima, cuanto más descarnada y soez, más intensa y justiciera se vuelve. Una palabra de esta muchacha desata los más entusiastas aplausos, aunque el comentario que realice sea de lo más lógico y sencillo posible. Un gesto contra ella puede suponer el destierro de una conversación entre amigas o una airada descalificación de nuestra persona ante su desgracia. Todo lo que toca se vuelve oro, por eso las cadenas televisivas más carroñeras la han acogido a pesar de lo obvio.

Belén aparece como estrella de cine. Protagonista de su propio reality. Mezcla salvaje entre acero y lágrimas. Luchadora incansable del abanderado nombre de su hija. Convencida de por vida que la condición que la ha subido al podium, donde se encuentra, no la va a dejar nunca. Cargada de tristezas que no la abandonan. Envuelta en el veneno que cupido reparte solamente entre algunos. Hija y madre sufridora. Banderilla del diccionario y matadora de quien se atreva a nombrar a su hija en vano. Fiesta taurina para algunos; purgatorio y calvario para muchos. Víctima en definitiva de todo el mundillo que la ha confundido permitiéndola fundar su propio circo. Esa muchacha, que en su día tenía en sus ojos un brillo de inocencia tan dulce como la sencillez de su origen, se ha convertido en un esperpento de programas de corazón en los que hay de todo menos el color rosa. Se le han escapado de las manos las riendas del poder sobre sí misma. Ahora es de todos y por eso, todos creemos tener derecho de juzgarla y someterla o alabarla y enardecerla. Alentada por vítores y aplausos, sube el tono de sus intervenciones desconociendo el límite de lo d igno.

Lo que todo el mundo trata de ocultar ella lo expone orgullosa. Sus operaciones de estética son portada de revistas. Su inconfundible y personalísimo estilo se pasea por programas y citas televisivas sin pudor. Su extremado lenguaje, defensor de vulgarismos y metrallas lingüísticas, es acompañado de gestos grotescos y modos burlescos sin los que la Esteban no triunfaría. Y a pesar de todo, gusta. Tal vez tengamos que plantearnos si verdaderamente el pueblo está harto del glamour de la Lomana. De mantener siempre un cuerpo diez con una cara once, a pesar del paso del tiempo. De estirar el bolsillo para poder llevar un modelito que copie a los suyos. De mantener la sonrisa apenas esbozada para no alterar el último estiramiento en la piel de la cara. De tener que ralentizar los ademanes para entrar dentro de lo correcto. Pero sobre todo, de tener que vivir de la forma más parecida a como estas modelos de la eternidad viven para sentir que hemos triunfado en nuestra pequeña porción de existencia. Y lo más terrible, querer ser, de algún modo, como las famosas de revista o las colaboradoras de programas de la tarde para creernos un poco más felices. Por eso es tan extenso el triunfo de Belén. Porque ella ha roto estos esquemas que comenzaron hace mucho cuando la Preysler apareció en nuestras vidas.

En definitiva, es el triunfo de una chica normal. Refleja de algún modo el sueño americano de hacer real la posibilidad de que cualquier ciudadano pueda llegar a ser presidente. Salvando las distancias, esto mismo nos pasa con nuestra Letizia. Y digo nuestra porque procediendo del mundo terrenal, de una familia como cualquiera de nosotros, de una profesión digna como cualquier otra, de un estatus popular como la mayoría, ha hecho posible el cuento del príncipe azul. Todas quisimos ser princesas de pequeñas, lo que no sospechamos es que ninguna lo lograríamos salvo la verdadera princesa de Asturias y la princesa del pueblo. Me pregunto si Belén Esteban de haber participado en el concurso «Las joyas de la Corona», sería la misma. Si de haber aprendido la compostura de la cortesía nos hubiese robado el morbo de tenerla al natural, sabiendo que Andrea come pollo, como cualquiera de nuestros hijos.

tracking