Diario de León
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Fronterizos | miguel a. varela

Ésta es, efectivamente, la historia de un idiota (un servidor), contada por él mismo (es decir, yo). El juvenil descubrimiento de las novelas de Vargas Llosa fue un hallazgo al que me entregué febril y vorazmente. Como me ocurrió por aquel entonces con Márquez, con Rulfo o con Sábato, dediqué noches insomnes a meterme en vena aquellas historias escritas en un castellano deslumbrante que destilaban verdad, rabia y talento. Luego fui, lo confieso con dolor de contrición y ya cumplido propósito de enmienda, uno de esos imbéciles que confunden con pasmosa insolencia el culo con las témporas. Las inquietudes políticas, desde un marcado prisma liberal (un liberalismo enraizado en la Ilustración que, ahora lo sé, nada tiene que ver con lo reaccionario), del novelista peruano le llevaron a presentarse a las presidenciales de su país, en una campaña que ocupó en leer a Góngora y en la que, por suerte para él, fue derrotado por un candidato más populista y, como luego supimos, bastante más sinvergüenza.

Y yo, idiota de mí, dejé de leerlo, en un ramalazo sectario que ahora me recuerda a los métodos estalinistas de reescribir la historia bajo la falsa premisa de que lo que no se ve, no existe. Hace unos cuantos veranos compré en una librería pésimamente surtida una edición de bolsillo de «La fiesta del chivo» y aquella lectura me devolvió a la fiebre del adolescente fascinado y rendido ante uno de los grandes escritores de la literatura en español, maestro en el uso inteligente de lo biográfico, autor valiente de las más sagaces miradas sobre el totalitarismo de cualquier especie. Como bendita penitencia por mi estupidez, recuperé el tiempo perdido, y aquel verano disfruté como nunca con un banquete del hombre que acaba de honrar a la lista de los premios Nobel con su presencia. Y este idiota arrepentido lee ahora sin las orejeras de los prejuicios; busca el talento, no las consignas; disfruta de la literatura, no del chismorreo ideológico.

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